ÉL me hace feliz.

Hay días como hoy que son tan tranquilos a simple vista que parece que nada puede salir mal. Y de repente el clima comienza a volverse cada vez más frío y el príncipe comienza  a perder su tono azul. Comienzas a recordar desde que momento cambiaron las cosas y hasta eso te cuesta trabajo porque lo único que realmente sabes es que hasta hace algunos días era la persona más maravillosa que habías conocido.

No sé si esto se debe al hecho de que cada vez a las mujeres nos gusta complicarnos menos (sí, porque aunque vaya contra nuestra naturaleza femenina, también nos cansamos de complicar todo) o que nos volvemos indiferentes ante el juego del “cazador y presa”. Tal vez sea que después de haber pasado por algunas relaciones “difíciles” lo último que queremos es seguir batallando. Sea cuál sea la razón, la verdad es que el “No eres tu, soy yo” se vuelve literal, y aunque estemos consientes de que no es perfecto y que tiene sus detalles así como sus virtudes, hay algo que nos hace dudar y poco a poco perder las ganas de seguir adelante…y aún cuando no haya nada malo con él, simplemente esa idea de que no es para ti comienza a surgir.

Lo peor de todo es que sabemos que es una persona increíble, y que todos los desafíos que puedan venir no van a ser en vano. Sabes que esa sensación de felicidad es real y que de cierta manera es todo aquello que buscabas, pero cuando lo piensas, la única respuesta que encuentras es la de la incertidumbre, el no saber qué piensa, qué siente, qué busca…qué quiere, y como lo mencionaba hace tiempo, la incertidumbre va de la mano del miedo, y el miedo se vuelve el freno de todo y nos hace querer comenzar de nuevo, querer volver a la zona de confort, a nuestra zona libre de riesgos.

Creo que cuando esto pasa, es porque de cierta manera nos encontramos en uno de los puntos más vulnerables que como seres humanos podemos tener: el momento en el que nos damos cuenta realmente de lo mucho que esa persona nos importa, de lo mucho que se ha metido en nuestras vida y sobre todo del efecto que su presencia tiene día a día.

Ese momento en el que de repente comenzamos a notar que acciones mínimas (y que tal vez para otros puedan ser insignificantes) como el recibir un “te extraño” o escucharlo hablar de su día, compartir sus pasiones, sus inquietudes y sus pensamientos, tienen un impacto tan grande que un día hablando de él, las palabras mas bonitas que podemos decir son “ÉL ME HACE FELIZ” porque en ese momento, al decir aquellas 4 palabras, estamos abriéndole completamente nuestro corazón.

A veces en este punto se nos olvida que el miedo es normal y tal vez más común de lo que podemos imaginar. El miedo no es a arriesgarnos, pero si a perder, y lo único que necesitamos para evitar salir corriendo es que nos recuerde que todo valdrá la pena.

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