Pensé mucho antes de escribirte esta carta. Borré unos cuantos reglones y arranqué varias páginas antes de que pudieras leer esto. Y es que cuando me ponía a seleccionar la combinación de palabras que quería usar, al final no parecían las correctas, y es que nunca es fácil decir “Lo siento”.
Sé que pasó ya un buen tiempo desde la última vez que estuvimos cerca, y no hablo del aspecto físico, sino simplemente cerca, es decir, yo en tu vida y tú en la mía. Sé que iniciaste de nuevo (o al menos eso me gusta pensar) y no te culpo, porque habrías sido un tonto sino lo hubieses hecho, y es que ¿quién se queda esperando algo que ha llegado, pero se ha marchado tantas veces? Es como aquel que espera ver de nuevo durante únicamente 1 minuto, ese comenta que acaba de ver, y que únicamente pasa cada 1000 años por la tierra… Exacto, sólo un iluso.
Pero sabes, esa “ilusión” es en parte lo que me llevó a escribirte esto, y sí, estoy consciente que llamarte de esa manera no es lo mejor para pedir perdón, pero ya sabes como soy, un poco directa y sin filtros. El punto de esto es que hoy, después de que recordé ese abrazo tan cálido, la sensación de tus brazos sobre mi cuerpo, y tu respiración acelerada por el simple hecho de tenerme cerca, entendí lo que significaba esa ilusión para ti.
Siempre fui clara contigo, o al menos eso creía, pero hoy tuve ese pensamiento de que cada persona tiene una percepción de la realidad única, y sí, tal vez en mi realidad las cosas eran tan claras como el agua, pero tú las percibías como algo completamente diferente, y es que bien dicen que las personas solo escuchamos lo que queremos escuchar, aun cuando la combinación de palabras nos da un tono ni tantito similar al esperado. Y es por eso que decidí escribirte, porque he aprendido que desaparecerme del mapa de un día para el otro no es lo más cortes, y mucho menos la decisión más acertada, y a pesar de que lo he hecho una y otra vez, regresando al mismo punto de partida, esta vez no quería dejar el punto en el aire.
Recuerdo que la primera vez que me fui de tu vida duraste escribiéndome día tras día intentado hacerme volver, hasta que viste que tus intentos eran en vano, y poco a poco tus mensajes fueron cesando, hasta que un día de la nada apreció un “Hola” de mi parte en tu bandeja de entrada, y las cosas volvieron a ser como antes. Las veces posteriores, simplemente te quedabas en silencio viéndome marchar, y en ocasiones hacías el intento de hacerme volver con alguna canción o con un chiste que sólo yo entendería, hasta que finalmente lo hacía y me recibías con los brazos abiertos, sin reproches, sin reclamos, sólo esa sonrisa tan tuya. No sé si lo hacías con la intensión de darme mi espacio o para medir si esa vez iba a volver o no, sólo sé que todas esas veces fui una cobarde, cobarde porque como tú una vez lo dijiste, en el fondo sabía que tú y yo pudimos haber sido algo increíble.
Y a pesar de que suene un poco trillado, la verdad es que sí “nunca fuiste tú, pero siempre fui yo” porque como una vez leí “uno no puede vivir en una casa tan bella y al mismo tiempo tan triste” y tú no te merecías vivir en un hogar así. Porque no basta con la belleza, con reír, con creer, con ilusionarse, con sentir ni dejarse llevar, no basta con nada y a la vez sobra todo. Y te digo esto porque sé que tú hubieses hecho hasta lo imposible por hacerme feliz cada día de mi vida, por regalarme esos detalles o esas pequeñas acciones, que tomara o no, sembrarían un precedente de que eras el príncipe azul de mi cuento de hadas.
Y ese fue el problema, que en este cuento el personaje de príncipe azul no existe, porque no hay princesa a la cuál salvar, porque un día salió del cuento y se perdió en el camino de regreso, y desde entonces ha estado intentando encontrarse antes de encontrar a alguien más. Ha intentado construir su casa desde los cimientos una y otra vez, con pequeños y grandes tropiezos, contra olas gigantes de tormentas que entran por las ventanas y arrasan con todo, contra el lobo que sopló y sopló y la puerta derrumbó, pero siempre sola, con la frente en alto y el valor en mano. Porque el día en que esa casa sea tan fuerte, tan única, tan suya, será el día en que realmente podrá refugiar a otro ser.
Con esto solo te quiero decir que sí, no eres tú, porque sé que me pudiste querer como a nadie, como nunca. Y sí, soy yo, porque me es imposible cerrar el cerrojo con un beso, porque antes de encontrarte a ti, necesito encontrarme a mí.
Esta vez volví, aquí, en esta página, para siempre.
La persona que te dejó marchar.
