Amor es MÉXICO

“Hoy tu tierra marchita y eterna, ve nacer toda luz en su cuesta.
Hoy tu tierra marchita y eterna, roba besos y da primaveras.”
Natalia Lafourcade y Gustavo Guerrero

Tacos, Tequila, SOL, Guacamole, Cancún… algunas de las bellas palabras que las personas dicen cuando respondo que soy de México, que soy MEXICANA. Pero no siempre las palabras son como canciones, también suceden aquellas que llevan un tono no tan alentador como… Narcos, Drogas, Inseguridad, Homicidios, Trump… Latinos. Seguidas siempre de la duda implícita ¿Cómo una mexicana está aquí, trabajando en una compañía internacional como esa?

Al principio, lo veía con un tono de simpatía, pues creo que como en todo viaje, uno al inicio siempre trata de ver todo bajo el filtro de la felicidad, pero conforme fueron pasando las semanas, empecé a verlo con un tono de preocupación y un grado de tristeza.

Puedo decir que siempre he estado orgullosa de mi nacionalidad, de decir que nací en el paraíso, en el lugar donde la música suena en armonía con la naturaleza, donde los sabores bailan al compás de los aromas y colores, donde el 70% de la población es FELIZ, y en el ranking internacional de la amistad ocupa el primer lugar, porque si hay un lugar en el mundo que pueda tener todo, es sin duda mi México. Pero nunca lo había sentido tan real, tan adentro como hoy.

Y hoy, al estar en un país que toca las últimas posiciones de este ranking, he aprendido la clara diferencia entre ser amable y ser amistoso, porque hasta antes de este viaje para mi eran palabras que iban de la mano. He aprendido que los mexicanos (y latinos en general) irradiamos calor, felicidad y amor, en niveles que es imposible ignorar, aun cuando se hace el intento. Porque, aunque otras culturas no estén con los brazos abiertos hacia nosotros, no pueden evitar bailar con nuestras canciones, de intentar usar algunas de nuestras expresiones, o buscar ese intento de comida mexicana, de relacionar el paraíso, y tener en mente visitar alguna de nuestras playas o ruinas arquitectónicas.

Lo triste en esta historia es que muchas veces como mexicanos solo lo apreciamos cuando estamos lejos, cuando nos encontramos fuera de nuestra cultura, de nuestra casa, de nuestro amor. Y más triste aún es que, en parte, los prejuicios existentes son causados por nosotros mismos, por mexicanos, por latinos. Cuando no valoramos el talento que tenemos dentro de nuestro país, cuando hacemos menos a alguien que no estudió en una escuela de renombre, cuando creemos que somos superiores por tener unos cuantos ceros en la cuenta, o porque hemos viajado por el mundo. Cuando respaldamos que somos flojos siempre que llegamos tarde a las citas o al trabajo, cuando nos cruzamos las luces rojas de semáforo, cuando tiramos basura en la calle porque “si ellos lo hacen yo también”, cuando violamos la ley al cabo que “no pasa nada”. Cuando en lugar de leer preferimos ver un programa barato de televisión, y lo mejor que podemos hacer es criticar al mal gobierno, a los maestros, a los millennials, a Peña Nieto, a la corrupción, pero todo desde la trinchera de nuestro teclado, porque ah no, es responsabilidad del otro.  Y cuando lo veo así, entonces entiendo el momento en el que escuchan que uno es mexicano y la barrera invisible cae sobre la conversación.

Y entonces sucede que, si eres de los pocos que no entran en esos estereotipos, te cansas de presenciar siempre esa barrera, y en lugar de presentarte con la frente en alto y tu nacionalidad en el corazón, optas por cambiar de país porque bueno, si dices que eres de otro lado, tal vez tengas más posibilidades de entablar una amistad, o de simplemente no ser el ignorado en la conversación.

Pero hay que entender que, si eres proveniente del país que ocupa el primer lugar en hacer sentir bienvenido al prójimo, en hacer amigos, y ofrecer verdadera amistad, claro que va a ser complicado vivir en el país que ronda las posiciones 50 y tantas de 67.  Y no, esto no es una justificación para las actitudes prepotentes, los comentarios de “sí, es que yo soy pura sangre y bueno, en mi familia no se aceptan las mezclas” (no, no es broma, sí me lo dijeron), y la intolerancia a otras culturas que a veces se presencia en las calles de esta ciudad. Y uno podría pensar que tal vez esto proviene de las personas mayores, pero sorpresa… no es así.

Habito en una de las ciudades preferidas a nivel internacional por los millennials para vivir, por la calidad de vida, las oportunidades de empleo, la seguridad, servicios públicos, transportes entre otros aspectos. Donde el 62% de la población está compuesta por este grupo y la GEN X, y más del 20% de la población es de otro país. Vivo en la ciudad de los diamantes, de la moda, de los museos, llena de historia, de cultura, de una arquitectura bellísima, y a pesar de eso, siempre la pregunta es la misma… ¿Por qué Amberes?

Y es ahí donde el panorama está completo, y la respuesta es la misma: El problema somos nosotros. No como Mexicanos, no como Antwerpians, sino como sociedad, como mundo. La desvalorización de otras culturas, la desvalorización de la propia. Creer que somos más que los demás por haber viajado, tener dinero o tener una nacionalidad específica. Respaldar los malos estereotipos, y culpar a los demás, al racismo a la intolerancia, al gobierno, pero nunca evaluarnos a nosotros mismos. Todo eso, y un poco más.

Tal vez para algunas esto será como un amigo me dijo: Es más fácil sentarte a criticar, ir contra la corriente y no aceptar que es evolución. Pero si ustedes me preguntan, creo que es lo opuesto, pues sí es sencillo criticar y recargarte en lo que ya está preestablecido, pero no lo es el hacer las cosas diferentes, el ser diferentes. No es fácil aceptar que las cosas tienen que ser así, porque sé existen mejores maneras de hacerlas… de ser. Porque para mí es impensable negar que soy Mexicana solo porque así todo será más sencillo, cuando sé que no todos somos iguales, cuando hay quiénes somos embajadores de nuestro país, cuando nos esforzamos por ser mejores, por ver nacer esa luz en la tierra marchita y eterna de nuestro país.

Es impensable negar que soy Mexicana porque veo como nuestra cultura está basada en el amor, como nuestro talento trasciende fronteras, cuando estando del otro lado del mundo encuentras músicos que hacen bailar corazones internacionales, chefs que hacen llorar de felicidad con sus creaciones, escritores que pueden reparar almas rotas, emprendedores que mejoran el mundo, entre otros tantos, todos mexicanos.

Sí, no será fácil, pero te aseguro que, si haces las cosas bien, tendrás razones más que suficientes para sentirte orgulloso de lo que eres y de donde provienes, para tener siempre con la frente en alto, y al final, valdrá la pena.

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Si quieren saber más de lo que hablo: 

Las llaves de ella.

Y así comienza el viaje. Un día despiertas y te das cuenta que tus maletas están hechas. Que los tickets están en tu buró, el pasaporte en tu bolsa, al igual que un montón de recuerdos, y personas. Y así de simple, la vida comienza a cambiar. TU vida comienza a cambiar.

No sé si fueron las circunstancias, el pasado, o simplemente el destino. Pero hoy, viviendo en el otro lado del mundo, en un punto en el que las preguntas siempre son las mismas (¿Por qué Bélgica?, ¿Por qué Amberes?) puedo decir que tal vez era lo que necesitaba para crecer, y claro, intentar ser la mejor versión de mí.

Cuando estaba haciendo mi maleta, decidí guardar en ella mi manojo de llaves. Las llaves de mi antigua casa, las de casa de mis padres, de mi habitación en la casa de la abuela, de aquel candado que protege esos secretos, en general, las llaves de mi vida. Porque a decir verdad, uno lleva en el equipaje las cosas que en cierto punto cree necesitar, y para mi claro está, que al volver van a ser de nuevo indispensables.

Pero cuando comencé a desempacar, me di cuenta que aquí eran inservibles, y en un abrir y cerrar de ojos, en mis manos estaban dos nuevas llaves, solo dos… y entonces me di cuenta. Sucede que, cuando uno cierra un ciclo, lo primero que entrega son las llaves, por ejemplo aquellas de la oficina, o del departamento que solía ser tu hogar pero ya no mas, porque bueno, uno necesita deshacerse de cosas para abrir espacio a otras. Y lo mismo sucede al iniciar algo, uno comienza con una o dos llaves en la mano, y conforme va pasando el tiempo, el número va aumentando. Y cuando menos te lo esperas, tienes ya un montón de llaves que abren esos espacios a los que uno pertenece ya.

Y es así como el viaje va tomando forma. Con nuevas llaves, con nuevas personas, con nuevas ideas, nuevos lugares, y nuevas experiencias, PERO SIEMPRE, conservando aquellas que nos ayudaran al volver.

Porque como me lo escribió mi madre, VIAJAR es VOLVER.

Volver a tu hogar, volver a tus personas, volver a ti… pero siempre en una mejor versión.

De paseo con ella es la ventana que quise abrir para este viaje. Para compartir tanto con ustedes como con mi futura yo, todas esas experiencias que, al estar en otro país, conviviendo con otra cultura, sin duda alguna me harán crecer. Y claro, para estar un poquito más cerca del paraíso… mi hogar.