Entre mochilas y regalos

Hace días, semanas más bien, un amigo me regaló lo que más me gusta recibir, algo que lleva mi esencia, en este caso, un libro, porque como él lo dijo, hay libros que están hechos a la medida de las personas y hay personas que se hacen a la medida de los libros. El punto es que el autor de este libro, habla sobre las decisiones de vida que uno toma para crecer, y que parte de ellas, se basan en el vínculo y los instintos egoístas. Pero hablar de egoísmo, al menos en este caso no es algo negativo.

Cada relación que establecemos lleva un propósito implícito, es decir, uno se basa en la meta de esa relación, en el instinto egoísta para decidir cuál es el camino a seguir. Pero cuando se habla de establecer un vínculo profundo, donde se tocan partes esenciales del ser, el proceso es diferente, porque no basta con saber que uno quiere obtener algo de ello, sino que la otra persona debe aceptar que eso suceda.

Y como Jorge Bucay (el autor) lo menciona, después de ver que hay un permiso de ambas partes, una aportación mutua, sucede que uno comienza a trabajar junto a la otra persona, para crecer, para enriquecerse dando. Y aunque suene paradójico Bucay lo explica con una frase muy sencilla “El autodiagnóstico es fácil: cuando doy, estoy recibiendo; cuando regalo, no recibo ni lo haré; cuando invierto, espero recibir algo del otro”.

Y tal vez se preguntarán porque les estoy hablando de esto, pero el punto es que cuando uno está lejos de casa, de sus personas, es muy fácil confundirse, y más fácil valorar esos vínculos que uno dejó atrás. Cuando uno está lejos de lo que conoce, se olvida de que no todas las personas que llegan a nuestras vidas, se merecen ese permiso. Lo olvidamos tal vez porque es emocionante empezar de cero, tal vez porque siempre es bueno tener una mano extra, tal vez porque bueno: ¿por qué no?… Se nos olvida que somos el conjunto de las cosas que absorbemos de los otros, de las experiencias, de las situaciones, y que por ello es importante tener ese instinto selectivo.

Y pasa, que un día cualquiera, volteas y te das cuenta que no estás haciendo nada extraordinario. Que, en lugar de invertir en relaciones, simplemente estás regalando tu tiempo, porque ninguna verdadera amistad se puede construir a base de “salidas de copas”.  Pasa, que uno tiende a confundir la amistad, y comienza a llamar “amigo” a todo aquel que es un compañero de trabajo, compañero de casa, compañero de copas, compañero de experiencia, porque hacer el análisis de si realmente nos deja un valor agregado tener a esa persona como amigo, es muy complicado. Y hasta que no pasa algo que nos hace caernos de la cama, empezamos a ver con claridad.

Empezamos a ver que los vínculos que realmente valen la pena, son aquellos que han dejado una marca importante en nuestro ser. Empezamos a ver que los pequeños detalles que igual antes te molestaban, son solo eso, pequeños detalles que te enriquecen, porque das un poco de tu paciencia y la gratitud de la otra persona se vuelve tuya. Empiezas a notar que la base de esos vínculos realmente es el amor, el amor hacia la otra persona, y el amor de esa persona hacia ti. Porque lo implícito en ese amor es la búsqueda del bienestar mutuo, la paciencia, la aceptación, el cuidado del otro ser, los errores, el perdón, el escuchar, el ser escuchado, y sobre todo la posibilidad de ser auténtico y real.

Hace tiempo escuché una paradoja que decía que cuando nacíamos se nos daba una mochila vacía, y que conforme íbamos creciendo, íbamos guardando cosas en esa mochila. Pero que muchas veces íbamos metiendo todo lo que nos encontrábamos en el camino, personas, experiencias, regalos, sentimiento buenos y malos, preocupaciones, problemas etc. Hasta que llegaba un punto en el que a mitad del camino o a un cuarto de este, ya no teníamos espacio para más. Y nuestra mochila se volvía tan pesada que era imposible avanzar, y nos quedábamos atascados en ese punto. En cambio, cuando uno era cuidadoso, es verdad que al final no iba a tener muchas cosas en la mochila, pero sí iba a tener las cosas más indispensables, valiosas, auténticas y únicas.

Yo no sé qué tanto camino me quede por recorrer, pero sí sé que, si he llegado hasta aquí, es porque en mi mochila están las cosas, personas y experiencias más valiosas. Están esos vínculos, que se pueden extender el número de kilómetros necesarios y aguantar el tiempo que sea necesario, porque al final, son reales; porque al final, son amigos y familia; porque al final, son AMOR.

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