¿Y si nos quitamos la ropa?

Alguna vez escuché que las palabras se las lleva el viento cuando son sólo dichas, pero cuando estás son plasmadas se vuelve algo real porque pueden perdurar por siempre. Y creo que, de alguna u otra manera, eso es en parte lo que me ha llevado a escribir durante estos años. En algún momento, en aquella carta, dije que si escribía era como despedida para todos esos sentimientos, pensamientos y emociones que quería dejar ir, pero hoy sé que no es así. Más bien, si escribo es porque quiero hacer real todo lo que sucede en mi mente, porque quiero compartir un poco de lo que soy en el momento, con la persona que en un futuro seré. Y cuando lo dejo de hacer, es porque estoy intentando acomodar las piezas o palabras que en conjunto forman lo que soy, o porque en ese momento, no tengo el valor para admitir algo y darle el poder para que esto se vuelva real, y saben, a eso se le llama miedo.

Hace algunos años, en algún otro blog, les había compartido algo sobre el miedo, sobre esa sensación que te deja inmóvil y sin posibilidades de defenderte. Y es entonces cuando tienes dos opciones, o quedarte quieto y enfrentarlo, o echarte a correr para escapar. En aquel post, decía que la felicidad es la ausencia del miedo, y queridos lectores, hoy es cierto. Aunque también es verdad que el miedo es una parte fundamental que nos ayuda a entender la felicidad. A veces este nos protege de peligros que están allá afuera, que están en nuestra mente, de repetir experiencias que en algún punto nos lastimaron. Y a veces, el miedo va acompañado de la incapacidad del ser humano por nombrar las cosas por su nombre, pues el cerebro humano está diseñado para darle a cada cosa, cada sentimiento, cada experiencia, un nombre, y cuando esto no sucede, simplemente colapsa, y eso se refleja en miedo, en incertidumbre, o en la incapacidad de lidiar con algo como se debe.

Y tal vez se estarán preguntando porqué de repente a ella le dio por hablar de esto. Bueno, la verdad es que cada aventura, cada viaje, comienza con un poco de incertidumbre. En mi caso, aparte de la incertidumbre, iba acompañada del miedo. Miedo de no saber que me esperaba en el otro lado, miedo de dejar mi zona de confort, de dejar a mi familia, a mis amigos, de tener que empezar de nuevo, miedo a que las cosas no fueran a funcionar. Pero respire hondo y me aventé a la alberca de agua fría, y casi todos mis miedos desaparecieron. Casi… porque me di cuenta de que podía lidiar con ello, porque entendí que aun estando lejos, podía estar ahí. Casi… porque no todos desaparecieron en un instante.

Hace algunos meses hablaba con un amigo, y de repente me preguntó “¿Cuál es tu mayor miedo?” Sin pensarlo mucho le dije: “Enfrentarme al día en que mis papás no estén” y cuando pregunté cuál era el suyo, me dijo “Que algún día pueda yo no estar, y que mis papás sigan aquí”.  Y recuerdo que en ese momento me quede petrificada, porque inconscientemente nuestros miedos son una herramienta de defensa que tiene nuestro cerebro para evitar que algo nos dañé o nos haga sufrir, y no está mal porque estamos diseñados para sobrevivir, pero también para ser egoístas. Y es ahí donde noté la diferencia. Mi miedo era pensando en mi sufrimiento si ese momento llegara a suceder, y el de él, el de él era pensando el sufrimiento de ellos… y créanme que eso me cambió el chip inmediatamente.

No les puedo decir que ahora soy una experta en el tema. No después de que por casi 3 años me encerré en mí misma, puse mil barreras y hasta cambié mi forma de ser, porque no quería hacerle frente a uno de ellos. No cuando una de las razones de este viaje fue basada en el miedo.

Pero sí les puedo recordad que el miedo, es como quitarse la ropa delante de alguien. A veces cuesta pero cuando empiezas, lo único que tienes que hacer es seguir adelante sin dudar, y de repente te das cuenta que el miedo ya no te pertenece, y va desapareciendo como esa ropa que un día dejaste de usar.

Si la felicidad es la ausencia del miedo, queridos lectores, hoy yo ya no tengo miedo.

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