Si soy honesta no sé en qué momento fue que todo empezó. No sé si siempre han estado conmigo o si fueron apareciendo ocasionalmente para luego quedarse. Sé que la primera vez que noté que necesitaba ayuda fue en la preparatoria, cuando al final del día vi a mi papá sentado en el sillón comiéndose un par de galletas. Fui a la alacena a buscar unas para mí, y al ver que ya no había, mi papá se ofreció a darme las suya, y yo simplemente rompí en llanto. En ese momento entendí que era verdad lo que mi consejera escolar había visto en mí, y necesitaba algo más que “ser fuerte y aguantar”. Acepté su ayuda y durante un tiempo pasó y todo volvió a la normalidad, o al menos eso creía, porque nadie te explica que la ansiedad se manifiesta de muchas maneras, como el insomnio, la sensación en el pecho a la que muchas personas llaman “presentimiento”, hábitos como rascarse y rascarse hasta tener una herida abierta y no poder parar porque simplemente lo necesitas. Cuando eres joven nadie te explica que los pensamientos obscuros, obsesivos compulsivos no son normales, que los días y noches de llanto esporádico tampoco lo son. Nadie te dice que si tienes gastritis puede ser no por comer irritantes, o que el mareo, la disfagia que te provoca periodos sin querer comer, o bien periodos en los que comes demasiado, pueden ser síntomas de ansiedad.
Y sí, en algún momento todos hemos dicho que hemos tenido un episodio de ansiedad, como la vez en la que esperabas los resultados de ese examen, o cuando ibas tarde a tu entrevista de trabajo, pero la verdad es que tener un episodio de ansiedad no es lo mismo que tener un trastorno de ansiedad.
Hace poco una persona me dijo “Yo he tenido muchas crisis y he podido manejarlas bien, sin alejarme, sin ayuda”, y el único pensamiento que pudo venir a mi mente fue “si has podido manejarlas, es que no has tenido una crisis de verdad”. Y es que últimamente parece que las personas se enorgullecen de decir “tengo ansiedad porque necesito dejar mis notificaciones en cero” y es que eso no es algo para estar orgulloso. Dejen me explico mejor, vivir con un trastorno de ansiedad es un miedo irracional todo el tiempo. Es como la sombra que te sigue a todos lados para apagar tu flama. Es tener ataques de pánico cuando no te contestan el teléfono rápido, tener pensamientos irracionales porque cometiste un error en una presentación, son momentos en los que no te puedes controlar porque no eres tú quien tiene el control, si no tu ansiedad, a veces por alguna razón, a veces simplemente de la nada, y poco a poco empieza a controlar tu vida, al punto de que tu rutina diaria y tus relaciones se ven afectadas.
En mi caso, empezó poco a poco y yo lo atribuí al estrés de la preparatoria, de las actividades extras, a la inseguridad que en ese momento se vivía, y así sucesivamente hasta que me di cuenta que algo más que eso estaba pasando. Los detalles de qué fue lo que detonó que le pusiera nombre y cara los omitiré porque cada quien vive situaciones diferentes, y lo que para algunos puede ser solo una piedra molesta en el zapato, para otros puede ser una montaña imposible de cruzar.
El punto es que algo sucedió en mi vida que marcó el principio de una nueva etapa. Al inició pensé que era normal estar triste por algo así, pero esa tristeza pasó a afectarme en el aspecto físico. El dolor en mi pecho era real, las migrañas también lo eran. La falta de apetito, la pérdida de peso, el insomnio y de nuevo, el llanto incontrolable. Por varios meses pude manejarlo bien, salía temprano de la casa y regresaba tarde, para evitar que mi familia se diera cuenta. Comencé a usar ropa debajo de mi ropa para que no se notara tanto mi pérdida de peso, y maquillaje para que no se notaran mis noches de insomnio, y pasé a vivir con analgésicos todo el tiempo y a todas horas. En ese entonces viajaba por lo que no estaba tanto en casa. Pasaron meses hasta que un día mi mamá me preparó algo de cenar y me negué, y fue ahí que hizo el comentario “No comes, nunca te veo comer”. Busqué una excusa rápidamente y el momento pasó. Y poco a poco hice el intento de volver a comer.
Después de eso pensé que, si cambiaba de aires, tal vez el problema iba a desaparecer. Y fue así que pasé mi verano en Aguascalientes. Sin un plan en mente, más que el darme tiempo para sanar, y así fue, o eso fue lo que pensé al principio. Pasaba mis días encerrada en mi departamento viendo la vista de la ciudad. Entre tareas, caminatas por el centro de la ciudad, cafés y mi libreta de viajes, fui entendiendo poco a poco lo que me pasaba. Había días buenos en los que me encantaba pasear por los jardines de la ciudad, y otro en los que simplemente no podía salir de la cama hasta que agarraba fuerzas para hablar a casa y con una sonrisa decir que todo iba de maravilla.
Justo cuando me sentí lista para volver a casa, recibí una oferta de trabajo en León, y considerando que una de mis amigas ya estaba allá, sonó como una muy buena idea, así que empaqué mis cosas y cambié de nuevo el rumbo.
Por un tiempo todo fue bien, comía bien, dormía bien, y buscaba distraerme en cosas triviales como salir de fiesta lo más que se pudiera, o pasar la tarde en el centro comercial. De vez en cuando los malos pensamientos y el llanto volvían, pero a un nivel en el que era yo quien tenía el control. Hasta que un día todo empezó a pasar de nuevo, la única diferencia es que esta vez todo fue tan sutil que ni yo me di cuenta que estaba cayendo en los mismos patrones. Cierto día comiendo en uno de mis lugares favoritos, pedí lo de siempre. La sorpresa fue que esta vez muy apenas toqué el plato, y cuando se me cuestionó por ello, mi respuesta automática fue que había comido antes de salir de la oficina. Y fue ahí donde me golpeó, tenía días en los que muy apenas comía, muy apenas dormía y muy pocas noches eran en las que no lloraba. Se había vuelto algo tan normal en mí que por poco no me di cuenta. Y fue ahí donde volví a buscar ayuda profesional.
Hablar las cosas con alguien externo me ayudó a poner los pies de nuevo sobre la tierra, pero también le dio un nombre a lo que me sucedía: Ansiedad Generalizada, y la sorpresa es que mi ansiedad no venía sola, tenía un acompañante llamado Depresión. No sabía cómo decírselo a mi familia, no sabía cómo hablar del tema con mis amigos. Me daba pena decir las razones por las que según yo había llegado a esta posición, y no estaba preparada para mencionar todo lo que me había pasado, ni siquiera con la psiquiatra. Así que solo un par de personas supieron de la situación y mi tratamiento comenzó.
Cuando por fin pude volver a pararme por mi propia cuenta. recibí una oferta de trabajo en otro país, y fue ahí donde pensé que, si estaba lejos, si me iba por un tiempo, aquello no podía alcanzarme. Volví a empacar mis maletas y meses después estaba llegando a otro país, sin conocer el idioma, sin conocer a nadie, y con una libreta en blanco.
Lo que pasó después fue un poco similar a lo que pasó en León. A los 6 meses de mi partida regresé a casa a pasar las vacaciones. Para ese entonces el insomnio, los ataques de pánico, el llanto, los pensamientos irracionales, habían regresado. Y si a eso le añadimos que el trabajo que tenía en ese momento era lejos de ser lo que esperaba, el resultado fue un incremento increíble en mis niveles de estrés, al punto que rasguños aparecían de la nada sobre mi piel, y mi colitis aparecía con más frecuencia que el repartidor del periódico. Regresé de casa con mi maleta llena de medicamento, para la colitis, gastritis, migraña, dermatitis nerviosa, ansiedad y mil vitaminas más. Volví con el plan de empezar de nuevo, de intentar estar bien porque NECESITABA estar bien. Comencé un diario en el que marcaba todas las actividades básicas que se me dificultaba hacer, era algo así como:
☐Despertar Temprano
☐Tender la cama
☐Desayunar
☐Tomar mis medicamentos
☐Caminar a la oficina
☐Comer
☐Preparar la cena Y CENAR
☐Bañarme
☐Tomar mis medicamentos
☐Leer
☐Dormir
Y sonarán como cosas muy básicas pero la verdad es que a veces ni eso podía hacer. El día en que marcaba todas las casillas era un día especial. Siempre intentaba poner un pequeño comentario sobre que había hecho la diferencia entre un día y otro.
La verdad para mí era conveniente estar lejos, porque cuando vives a miles de kilómetros, lo que las personas ven es lo que tú les permites que vean. La diferencia de horario también se volvió una ventaja. Cuando aparecía un mensaje en mi WhatsApp y no me sentía con ganas de contestar, simplemente culpaba al horario. Y esos momentos esporádicos empezaron a ser una costumbre, que poco a poco fue alejando a las personas de mí. Y no es porque no quisiera hablar, sino que fingir estar bien, aunque sea por unos minutos es muy desgastante, y esa energía siempre iba dedicada a mi familia, a la gente que tenía que ver todos los días, a la parte de mi trabajo en la que tenía que ser social.
Fue así que me distancie de amigos, de conocidos, al punto en que las relaciones cambiaron tanto que casi nos volvimos desconocidos, y aquellos que se quedaron, aquellos en los que la amistad permaneció sincera, los puedo contar con los dedos de una mano. Si estás leyendo esto, y en algún punto te hice sentir ignorado, esta es la explicación, y de verdad que siento mucho no haber contestado esos mensajes o esas llamadas.
Durante mi estancia conocí a Kjell. Y parte de lo que hizo que nuestra historia comenzara, es que desde el día 1, sin que yo tocara el tema, pudo ver aquella sombra llamada ansiedad y el aquel perro que la acompañaba llamado depresión asomarse por mis palabras. En el momento no lo mencionó, pero con el tiempo me enteré que había luchado con algo similar, así que era fácil para él identificar cuando uno vive con esos acompañantes o con unos similares.
Los años pasaron, con altos y bajos, con medicamentos que a veces me ayudaban, con días sin salir de la cama, y otros en los que me quería comer el mundo. Pero también con sucesos que marcaron más mi corazón y no para bien, con heridas que según yo había bloqueado como aquel día en el que dije que no y a alguien no le importó porque me habían puesto algo en la bebida y no pude defenderme. Y la combinación de mi Ansiedad Generalizada, con mi Depresión, más el Síndrome de Ulises causado por estar lejos de casa, no facilitó en nada la situación. Volvieron los días sin salir de casa, sin querer ver a nadie, sin hacer nuevos amigos. Volvieron los pensamientos compulsivos, las noches sin dormir, el deseo de querer desaparecer y solo dormir. Y como dicen, lo que es de cada quien, y yo corrí con la suerte de tener a alguien a mi lado que empezó a identificar las señales y quien poco a poco se fue preparando para sacar a pasear al perro y encender toda la habitación para que la sombra no tuviera espacio en ella. A veces funcionaba, a veces simplemente vivía en automático, y a veces no había nada que pudiera apartarlos de mi lado.
Hace varios meses, y gracias a la pandemia pude volver a casa después de varios años fuera. No sé si fue el hecho de sentirme en mi zona segura, en los abrazos curativos de papá, en el amor de mamá al acariciarme el pelo, a la risa contagiosa de mi hermana, o a las ocurrencias de mi hermano, pero decidí volver a tomar cartas en el asunto. No voy a negar que tuve miedo, no de ser juzgada pero sí de herirlos, porque el dolor de un hijo siempre es el dolor de un padre. Tenía a mi lado a la mejor hermana, que siempre ha estado incondicional a mi lado, sin juzgarme a pesar de saber todo de mí. Y fue así que decidí hablarlo con mi familia. Primero con mi tío quien me dijo que guardar todo eso era muy desgastante, y escucharlo fue como una cubeta de agua fría, por todos esos años que había cargado todo eso yo sola, sin tener necesidad porque tengo a la mejor familia que me pudo tocar.
Hoy estoy siguiendo un tratamiento, estoy intentando recuperar las cosas que me apasionaban y que dejé de hacer porque el perro se sentaba arriba de mi haciéndome sentir chiquita, y la sombra robaba la poca confianza que tenía en mí. Hoy estoy rodeada de amor, de abrazos que nunca se acaban, de besos de buenas noches y abrazos de buenos días. De un amor peludo que me recuerda que al menos para él soy lo mejor de este planeta. No estoy bien, a veces los pensamientos de hacerme daño vuelven, a veces todos los síntomas vuelven, a veces las crisis duran por largos periodos, otras solo asoman un poco la nariz, pero por algo se comienza.
Esta es la manera que encontré para decir que estoy de vuelta, para explicar porque me fui, porque no contesté, porque me alejé. Hoy estoy intentando trabajar en mí, en disfrutar a mi familia, a los pocos amigos que me quedan, y en seguir mi tratamiento. No sé si esta vez lo lograré, pero sé que esta vez no estoy sola, y poco a poco, con espacio y ese amor incondicional, lo puedo lograr.

Por favor, siempre recuerden que lo que vemos no siempre es lo que es. Siempre traten de ser amables con sus palabras, traten de ser empáticos aun cuando no se trate de alguien cercano a ustedes, porque nunca saben si la persona que tienen enfrente está lidiando con sus demonios, y mucho menos saben si algún día serán ustedes los que estarán del otro lado. Y si te sentiste identificado con mis palabras, por favor, busca ayuda. A veces al tratar de ser fuertes, solo nos volvemos más frágiles.