Esta vez no va a ser la página 200, porque si soy honesta, dejé de tener un recuento especifico de mi libro. Esta vez voy a contarles sobre el capítulo que se terminó de escribir, y como es de costumbre el que inicia en un aeropuerto.
Hace varios años me diagnosticaron ansiedad generalizada, después de haber pasado por diagnósticos de dermatitis, colitis, gastritis nerviosa…migrañas, insomnio y de más. La verdad es que aunque en su momento seguí un tratamiento, la mejoría fue solo sintomática. Viví así años, tomando medicamentos para toda esa sintomatología, acompañado de terapia y posteriormente de un tratamiento psiquiátrico, el cual terminé en varias ocasiones… pero al que tenía que regresar después de unos meses.
A inicios de esta pandemia, y cómo fue la situación para muchas personas, todo volvió. No volvió sutilmente, volvió con toda la intensidad de una tormenta eléctrica. Regresó en un momento de incertidumbre laboral, financiera, familiar y de más… y que aunque pusiera todo mi esfuerzo, no podía remediar nada porque todo lo que inducia ese cuadro, estaba fuera de mis manos. Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez no me encontraba sola.
Dentro de lo bueno de toda la situación, me encontraba por fin en casa, con mis hermanos, con mis papás, mis perros… mi familia. Me encontraba de nuevo en mi país después de años de no poder volver. Pero sobre todo me encontraba en una situación en la que todo mi mundo, y lo que había construido en los últimos años se había derrumbado, y rendirse no era opción.
Cierto día, después de un ataque de ansiedad, decidí buscar ayuda psiquiátrica de nuevo, y el proceso de deconstrucción y reconstrucción empezó. Pero por primera vez me atreví a involucrar a toda mi familia. Me atreví a hablar con mis papás sobre la situación y todo lo que había pasado en los últimos años. Y aunque no fue fácil, fue la mejor decisión que pude haber tomado. Pasé de un diagnóstico de ansiedad generalizada a un diagnóstico de ansiedad y depresión.
Cuando pude volver a Bélgica, el proceso de una reconstrucción anunciada comenzó. Tuve que iniciar de nuevo de cero, mudarme en medio de la pandemia a un nuevo lugar, entender que ese sueño de felices por siempre ya no era más, ni la familia feliz, ni la casa ni el perro…y que nada iba a ser igual. Tuve que aprender a estar sola de nuevo, me tuve que acostumbrar a llegar a casa y no tener a alguien esperando por mí, a despertar sin alguien a mi lado, pero sobre todo tuve que reencontrarme, conocerme de nuevo, y llenarme de amor propio…mucho amor propio.
En ese proceso, corrí con la suerte de encontrar a la mejor psicóloga que he tenido en todos estos años. Y aunque ella dice que yo soy la que ha logrado todo, la verdad es que sin su guía, tal vez la historia de este progreso hubiera sido diferente. Después de un tiempo mi diagnostico cambió y se volvió déficit de atención e hiperactividad, ansiedad generalizada, depresión, trastornos alimenticios, estrés postraumático, espectro obsesivo compulsivo, síndrome de cutting, trastornos de sueño-vigilia y contando. Y darme cuenta de todo lo que estaba pasando conmigo, fue un golpe muy fuerte, pues creo para nadie es fácil escuchar que hay tanto por sanar.
Agregándole a la lista me enferme varias veces de COVID, y tuve que cuidarme sola. Por los antidepresivos subí más de 10 kilos, y no importaba que hiciera, ni la dieta, ni el ejercicio, ni los medicamentos podían contrarrestar ese efecto. Así que ya no era nada mas preocuparme por mi salud mental pero también por mi salud física. Pasar de exámenes a exámenes tratando de averiguar que estaba mal conmigo para contrarrestar el efecto del medicamento y las secuelas de COVID.
Pero poco a poco lo fui logrando. Volví a disfrutar aquellos paseo por el mercado, llenar mi casa de flores, ir a librerías y museos, bailar, tomar fotos de nuevo… aprendí a querer mi cuerpo de nuevo, a que una talla no me define, a que esta bien darme gustos culposos de vez en cuando, y que no pasa nada por poner límites y definir quien le hace bien a tu vida y quien no, sin importar el tipo de lazo, o las previas circunstancias.
Aun hay días en los que no puedo controlar los impulsos, en que todos esos demonios vuelven. Hay días muy malos, en los que duele mucho, a veces sin razón, a veces por algún incidente que detona todo. Hay días en los que todavía no puedo comer, ni dormir, ni hacer nada por mi misma. Hay días en los que me cuesta hablar de lo que me pasa, y en los que no puedo expresar ni que pasa por mi mente. Pero también hay días en los que sonrío sin razón, en los que veo que hay cosas muy bonitas que hacen que valga la pena todo, como los abrazos de mi familia, ver a mis papás enamorados, a mis hermanos realizando su sueños, a mi familia disfrutando de estar juntos a pesar de todo, o las llamadas de mis tíos simplemente para seguir conectados.
En este camino también encontré a personas que le han sumado a mi vida, como mis amigas que siempre me escuchan y saben que decir, que me han abrazado en el momento y en la distancia, que se han reído a morir con mis tonterías, y que me han cuidado cuando ni yo he podido cuidarme. Encontré a aquellos amigos que me han seguido en mis ocurrencias, en mis viajes, en mis momentos buenos y malos, y me han abrazado y besado esas heridas sin decir nada, sin juzgarme, ni cuestionar mis acciones… con los que puedo ser yo, sin miedos ni mascaras.
Como familia, creo que esto nos ha hecho más fuertes, nos hemos quitado tabús, hemos aprendido a ser honestos, a abrazarnos, a leer entre líneas, a entender los demonios que todos tenemos y amarnos tal cual y somos.
Pero sobre todo he aprendido a ser autentica, a no tener miedo de decir que no, o de decir que si por algún compromiso. He aprendido a que esta bien cortar lazos con las personas que restan a mi vida, sin sentir que estoy haciendo algo malo. He aprendió a debo ser leal a mis valores y a mis principios, aun cuando es signifique que tal vez pierda a personas en el camino. Aprendí a que no me importara lo que lo demás pensaran de mí, porque yo soy mi prioridad y soy yo la única que va a tener que lidiar toda la vida conmigo. Pero sobre todo aprendí que no debo de esperar nada de nadie, y menos esperar a que alguien me complemente, porque al final el amor empieza con el amor propio.
Este año por primera vez disfrute mi cumpleaños a morir y mi fin de año como nunca. He reído como nunca, he llorado como nunca y he crecido como nunca, así que así inicia este capítulo que como dijo Rozalén…
Si elijo ser mi prioridad
No es cuestión de egoísmo
El tiempo de calidad
Parte dedicado uno mismo.
Gracias por seguir en este viaje, gracias por cuidarme, y por abrazarme el alma.
