¿Estoy enamorada o sólo tengo una hiperfijación?

Uno de los comentarios más comunes que recibo cuando le digo a alguien que tengo TDAH es: “Pero no parece que te cueste concentrarte”, y después de escuchar varias veces ese comentario, me di cuenta de que el nombre da una percepción incorrecta. Las personas que tienen TDAH PUEDEN prestar atención, pero nuestros reguladores son un poco diferentes. Una persona sin TDAH puede decidir el nivel de atención que requiere una determinada actividad o situación, ya sea un 1, un 5 o tal vez un 10. Pero para nosotros, sólo hay dos niveles de atención. Pero para nosotros, sólo hay dos posibilidades, o le damos un 1 o pasamos al 100.

Una vez que entramos en este estado, podemos pasar horas concentrados en esa actividad, lo que a veces puede ser muy beneficioso, sobre todo cuando se trata de llevar a cabo proyectos concretos. Sin embargo, no podemos decidir qué merece hiperconcentración y qué no. Nuestro cerebro simplemente elige las actividades que generan dopamina (dependiendo de la situación actual en la que nos encontremos). Y al tener escasez de dopamina, buscamos actividades o situaciones que nos ayuden a generar ese neurotransmisor del que carecemos.

Ahora, un nivel por encima de lo que acabo de describir, está la hiperfijación. Que, a diferencia de la hiperconcentración, es un estado temporal de obsesión. Puede durar días, semanas o incluso meses, pero una vez que salimos de este estado, el interés disminuye drásticamente, o simplemente desaparece. Cuando tenemos una hiperfijación, vemos nuestra vida a través de ella, por ejemplo en el caso de nuevas aficiones, estilos de vida como el fitness, tipos de dietas e incluso personas. Y es precisamente de las PERSONAS de lo que quiero hablar.

En los últimos meses, un tema recurrente en mis terapias ha sido la relación entre las emociones y la hiperfijación. Si de algo me he sentido orgullosa es de haber desarrollado la capacidad de controlar mis emociones a la hora de relacionarme con las personas. Por ejemplo, en mi caso, es muy habitual que cuando inicio nuevas interacciones (amistades, relaciones laborales, relaciones sentimentales, etc…) me entregue de lleno a la relación hasta que ocurre algo que me hace perder el interés. Cuando esto ocurre, sólo tengo que decir “No más” para apagar el interruptor, terminar la relación y no darme más importancia.

En algún momento me consideré muy tajante con las relaciones, e incluso me consideraron intolerante. Sin embargo, sacar de mi vida a personas que no me suman de la noche a la mañana se ha convertido en una especie de alivio. Y a diferencia de lo que podría pensarse, las emociones de tristeza por el duelo son nulas.

Fue entonces cuando empecé a ver un patrón. La llegada de una nueva persona, el descubrimiento de intereses comunes, el descubrimiento de incompatibilidades y la decisión de apagar el interruptor. Una y otra y otra vez. Si lo traducimos a lo anterior, sería la llegada de una nueva persona, la hiperfijación, la pérdida de interés, y la desaparición del interés y, por tanto, de la relación. Y puede que digas “Bueno, eso es lo que pasa con todas las relaciones”, y es cierto, las diferencias son que ocurre en un corto periodo de tiempo, y la insensibilidad a la pérdida.

Así es como llegamos a: “¿Estoy enamorado o sólo tengo una hiperfijación?”. La línea que separa las emociones reales de la búsqueda de dopamina es muy fina, y aprender a distinguir A de B se vuelve más complejo que un proceso romántico normal. En este caso, el apego a las fantasías, la idealización de la situación-persona y la responsabilidad afectiva entran en la ecuación, pero se maximizan al 1000%.

Nos cuesta tanto hacer click con las personas, que cuando encontramos a alguien que cumple con los requisitos de la situación actual que estamos atravesando, nos intoxicamos con la dopamina que esto nos genera, que empezamos a tener una hiperfijación sin siquiera conocer bien a esa persona, ni ver la capacidad de la relación, idealizando la situación. En consecuencia, entramos en una relación que nos hace daño, y por esa dopamina, omitimos y descuidamos áreas importantes de nuestra vida, o bien, alimentamos la ilusión y fantasía a la otra persona con emociones que no existen, porque en realidad sólo queremos alimentar nuestro ego.

Darse cuenta de esto es muy complicado, sobre todo porque el tema de la gestión de las emociones en personas con TDAH es todavía limitado. Personalmente más de una vez me ha pasado, o mejor dicho, más de una vez lo he hecho. En lugar de decir “me está gustando conocerte” o “me gusta pasar tiempo contigo” he dicho “Estoy enamorada de ti”, generando expectativas erróneas, dañando la relación e incluso a la otra persona.

Esto no quiere decir que en este proceso no podamos enamorarnos de verdad, porque claro que se puede. Pero para ello debemos analizar muy bien la situación, hacer introspección y sobre todo responsabilizarnos de nuestros actos y nuestras palabras. Pregúntate si realmente conoces a la otra persona, lo que te gusta, lo que no, si puedes ser algo más que amigos. Analiza si estás idealizando o alimentando una fantasía, si tienes que esconder partes de ti, si existe confianza y respeto, y sobre todo lo que te hace sentir más allá de la dopamina y la adrenalina. Si el resultado es favorable, ¡Felicidades! pero si en algún momento del proceso te das cuenta de lo contrario, asume tu responsabilidad afectiva tanto contigo mismo como con la otra persona.

Así que ahora es el momento de preguntarte “¿Fue/Es realmente amor o sólo una fijación?”.

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