Siempre he dicho que la vida tiene formas muy extrañas de darnos lecciones y de arreglar las cosas. Y creo que esta vez, más que nunca, lo he visto. Hablando con mis mejores amigas, comentábamos que a la edad que tenemos ahora, es muy difícil hacer amigas de verdad, o con la misma calidad de las amistades que establecimos tiempo atrás. Y es que cuando se trata de la amistad, más que una simple relación, somos tribales. Es decir, nuestros amigos se convierten en nuestra tribu, en nuestra familia. No hay un “Es una pena que te pase eso”, sino un “¿Cómo te sientes? ¿Necesitas ayuda? ¿Cómo lo solucionamos?”, y siempre con la bandera de la sororidad bien alta.
Nuestra casa se convierte en su casa, nuestros padres en sus tíos, escuchamos y prestamos atención al más mínimo detalle y, sobre todo, nos cuidamos mutuamente en todos los aspectos.
Esto suena a lo que debería ser una amistad, pero la realidad es que a medida que nos hacemos mayores, las interacciones cambian, y también lo hace el significado de la amistad. Y en este mundo tan agitado, donde todos cargamos con nuestros demonios, a veces nos aferramos a las relaciones solo porque compartimos una pequeña cosa en común, sin evaluar realmente las otras características, porque la inestabilidad es jodida y al menos así, podemos tocar tierra, aunque muchas veces no sea la manera correcta.
Por poner algunos ejemplos de esa situación:
Cuando volví a comer, recibí comentarios como: “¿Por qué siempre tienes hambre?”.
Cuando decidí dejar de tomar porque ya era demasiado y con los medicamentos tenía lagunas mentales: “No seas aguafiestas”.
Cuando decidí seguir con los antidepresivos: “Tomas medicación porque no puedes responsabilizarte de tus sentimientos, no porque los necesites”.
Cuando hablé de lo que me molesta y quise poner límites: “Las cosas no son como tú dices”.
Cuando me encontré en circunstancias peligrosas: “No hagas un drama, no te ha pasado nada”.
Entre otras muchas situaciones, que dejé pasar porque quería formar parte de ese grupo.
Así que un día decidí bajar el ritmo y tomarme un poco de espacio. Empecé a ver las cosas un poco diferentes y después de casi 2 años, pude ver de forma más tangible el efecto de la terapia. Entre broma y broma le decía a mi terapeuta que parecía que era el final de temporada de mi serie, porque en un abrir y cerrar de ojos todo lo que no había encajado en el último año se puso en su sitio. Me centré en mí y terminé mi curso de neerlandés, conseguí ese ascenso en el trabajo, hice las paces con esa historia en puntos suspensivos, y por fin pude encontrar un equilibrio en mi vida. Volví a cuidarme, a comer a mis horas, a hacer ejercicio y a retomar mis viejos hobbies. Dejé de tomar y por fin pude adelgazar después de tantos intentos fallidos, me estabilicé con mis medicamentos, estabilicé mi vida social, terminé mi terapia para estar solo en revisión y, sobre todo, volví a casa para recargarme de energía.
Mi vida dio un giro completo, y en este proceso me acompañó mi tribu de toda la vida. Y me encontré con comentarios del tipo “Me alegro de verte comer”, “¿Cómo va la terapia?”, “No te olvides de la medicación”, “No quites importancia a tus sentimientos”, “Vamos al bar, te pediré un mocktail”, “Cuéntanos lo de tu examen”, “Si te hace feliz, te apoyamos”, “Gracias por cuidar de mí cuando yo no podía”……
Y aunque puedan parecer simples comentarios, la realidad es que detrás de ellos hay un interés genuino.
Sé que en mi tribu no hay solo mujeres, pero me gustaría destacar en ellas su sororidad. Porque aunque se hable mucho del tema, la realidad es que sigue siendo muy común ver a tu amiga como una competencia constante, pensar que siempre hay un motivo oculto cuando hacen algo por ti, o seguir fomentando comportamientos machistas como juzgar el tipo de ropa, o cómo manejan su sexualidad, o sus decisiones en general.
Así que sí, tuve suerte de conocerlas y que hoy sean parte de mi vida, porque no solo son grandes amigas, sino increíbles seres humanos.
Me he rodeado de mujeres extraordinarias en todos los sentidos. Ver todo lo que han conseguido, sus carreras y logros profesionales, sus viajes por el mundo, sus bodas, bebés o compromisos, y sus metas personales, es sencillamente una delicia. Escucharlas hablar de su viaje para conocerse a sí mismas, su lucha por ser mejores cada día, es simplemente mágico.
Así que si me preguntan cuál es una de mis mayores alegrías, diría que tenerlas en mi vida. Porque sus alegrías y triunfos me llenan de una inmensa felicidad. Igual que se me estruja el corazón cuando aparece una piedrita en su camino. Y también porque no todos los días se conocen personas con valores tan grandes como los suyos.
Con el paso de los años, la vida se complica y aunque estemos lejos, aunque no hablemos a menudo, aunque hayamos perdido el contacto o aunque ya no nos veamos como antes, ellas siguen llenando mi vida de luz y amor.
Y como dice la canción:
Le pido a Dios que me alcance la vida
Y dame tiempo para regresar
Aunque sea tan solo un poco de lo mucho que me das.
Gracias por caminar a mi lado en este viaje, y gracias por formar parte de esta tribu llamada familia.
