Entre abrazos y el mar.

No sé en qué momento dejé de disfrutarme. De repente dejé de disfrutar mi compañía, y poco a poco me fui olvidando de saborear realmente los paisajes y el día a día. Dejé de escribir, de sonreír mientras caminaba por la calle, y simplemente me apagué y dejé de verme.

Me enfoqué tanto en el “sobrevivir”, en no romperme más y tratar de trabajar tanto en mí, que olvidé que abrazarse también es necesario para sanar, así como es necesario perderse para volverse a encontrar.

Así que eso fue lo que hice. Me volví a armar de valor para agarrar mis maletas y tomar ese vuelo únicamente con mi compañía. Sin un plan fijo y un destino que podía modificarse. Me desconecté del mundo para encontrarme con MI Mundo.

Curé mis heridas con la arena y la sal, y dejé ir mis lágrimas con el mar. Caminé por los rincones de esos pueblos para encontrarme con vistas maravillosas. Le sonreí a desconocidos, y en el proceso me llevé uno que otro alago. Me reencontré con viejos amigos, he hice nuevos.

Y cuando reaccioné, ahí estaba ella, sentada en la arena, riendo y hablando de las cosas maravillosas de día a día, de los tatuajes en su cuerpo, y las lecciones de la vida, acompañada de esas frases tan de ella que te hacen pensar en cosas que no quieres pensar.

Y aunque me dio tanto gusto encontrarla, me dio más gusto ver que ya no era la misma. Ya no hablaba desde el dolor, tampoco desde el miedo a la soledad. Ya no le importaba romperse que tiene en claro que ella sola puede recoger sus pedazos y repararse. Ahora sabe de nuevo lo que quiere y que no quiere parar, porque en su sonrisa está el mundo entero, y en su voz la seguridad de saber que todo pasa, y que siempre lo malo antecede a lo bueno.

Así que la abracé, y en ese abrazo volvimos a ser una misma, simplemente una obra de arte indescriptible.