“Antes que nada, no estás loca. Lo que sientes es real.”
Esas fueron las palabras que precedieron a mi diagnostico justo hace seis meses. Y hoy, después de medio año, creo que por fin lo he aceptado.
Durante un poco más de tres años, busqué explicaciones a lo que me pasaba. Consulté a muchos doctores – generales y especialistas-, visité varios hospitales y me sometí a muchos exámenes. La respuesta siempre era la misma: “Todo está bien. No hay explicación para lo que sientes.”
Pase por los consultorios de médicos que no me escuchaban, algunos que ni siquiera levantaban la vista mientras me hablaban. Incluso hubo un doctor que me dijo que yo estaba mintiendo, porque lo que él veía en mi cuerpo no coincidía con lo que yo le decía sentir. Me recetó antipsicóticos, asegurando que con eso todo debería volver a la normalidad. Spoiler alert: esos antipsicóticos me hicieron reacción con mis antidepresivos… y casi me quedo en el viaje.
Durante ese esos tres años, mantuve la esperanza de que algún doctor encontraría lo que estaba mal conmigo, lo arreglaría y todo volvería a ser como antes.
Así que al escuchar por fin un diagnóstico que explicaba todo lo que me pasaba, una parte de mi se sintió aliviada: por fin tenía una respuesta.
Pero por otro lado…
¿Cómo aceptas que tienes una enfermedad crónica, de por vida y para la que no hay una cura?
¿Cómo aceptas que vivirás por el resto de tu vida con dolor, que nada volverá a ser lo que era?
¿Cómo aceptas que esta es tu nueva vida?
Los primeros 3 meses fueron los más complicados. No solo fue regresar al país donde nadie me había escuchado y donde nunca encontré respuestas. Fue empezar a contar pastillas, seguir buscando algún doctor que estuviera dispuesto a continuar mi tratamiento, y escuchar el “No puedo atenderte”, una y otra vez.
Fue ver las cuentas médicas apilarse mientras aprendía a lidiar con el duelo de perder, para siempre, la versión sana de mí. Fueron días enteros en cama, días de llorar de dolor, de frustración y de coraje. Semanas de pretender que nada pasaba, sonriendo y fingiendo que todo estaba bien, aunque por dentro ya no pudiera más. Meses cancelando planes y viviendo en pijama, porque era la única ropa que no me dolía usar.
Se volvió demasiado normal sentir enojo conmigo misma por no poder hacer lo que antes hacía. Cosas tan simples como mantener mi casa en orden o incluso cocinar sin ayuda.
Días enteros de sentirme culpable, de sobre pensar las cosas: ¿Qué tal y que creen que estoy exagerando, o que estoy fingiendo, o que es solo drama?… ¿Por qué a mí? Tal vez yo me lo busqué… ¿Y si nadie me cree? ¿Y si el dolor nunca mejora?…¿Qué caso tiene?
Los días empezaron a dividirse en malos y muy malos. Pero claro, solo de la puerta para adentro. Me negaba a dejar que el mundo me viera débil, incapaz…enferma.
Creo que en gran parte por eso empecé a alejarme de las personas, y tuve una regresión de las habilidades sociales que había desarrollado con los años. Me di cuenta de que ya no me gustaba compartir mi vida…porque mas que vida, parecía una tragedia. No había cosas buenas por contar.
Y sin embargo, esa parte de mí que mantuvo la esperanza durante todos los años anteriores, empezó a hacerle frente a toda la obscuridad que caía sobre mí. Poco a poco, empecé a tener días en los en los que me dediqué a leer, y aprender más sobre mi condición. Días de introspección, y de intentar un enfoque holístico.
Seguí con mi terapia psicológica y empecé terapia cognitiva. Y gracias a eso, encontré un diagnostico más amplio para mí neurodivergencia.
Y así, sin darme cuenta, empecé a aprender a vivir de nuevo.
En uno de esos días en los que los pensamientos y sentimientos negativos estaban ganando, le dije a mi psicóloga que estaba harta. Estaba haciendo todo para estar bien: No tomar, no fumar, ir a yoga, hacer ejercicio a pesar del dolor, seguir una dieta con un nutriólogo, tomar mis medicinas, no faltar a mis consultas ni a mis terapias… Todo eso para nada.
Ella me respondió: “Haces todo eso para poder tener la vida tienes”. Desde ese día, esas palabras se volvieron mi mantra.
Porque desde la perspectiva de los pensamientos negativos, todo lo que estaba haciendo, parecía inútil. Pero la verdad es que gracias a todo eso, puedo tener una vida en la que aún soy funcional, en la que no he tenido que renunciar a mi trabajo, en la que puedo permitirme comer de vez en cuando esas cosas que me gustan. Gracias a todo eso, puedo tener días buenos, donde el dolor no es tanto.
Hoy sé que no soy la enfermedad, pero sí que ella vivirá conmigo por el resto de la vida. A veces estará en silencio. Otras, gritará sin control.
Sé que mi principal compañía de este viaje será la soledad. Tal vez el dolor nunca se vaya. Tal vez se hará peor, y tal vez por ello, esas metas se volverán solo sueños. Pero también sé que cada perdida es un espacio vacío para algo nuevo. Algo diferente.
No puedo negar que la obscuridad sigue ahí, pero hoy… ya no lo cubre todo.
