Día 200

Día 200. Hace tiempo vi una imagen que decía “¿Qué diría la página 200 de tu libro? ¿y la 300?”… y resulta que justo hoy es mi día 200, mi página 200.
Hace 200 días empecé esta aventura justo en este lugar. Y da la casualidad de que hoy también es el día 365 del año… así que aquí está lo que mi página diría.
Desde que estaba pequeña, o más bien toda mi vida, había terminado e iniciado el año en el mismo lugar y con las mismas personas, las más importantes en mi vida. Pero después de 24 años, la historia tenía que cambiar.
Este año en lugar de esperar la cuenta regresiva con una fogata en el patio, tronando cuetes de luces o aprendiendo a disparar un rifle, me tocará estar esperando en la sala de un aeropuerto. Este año en lugar de abrazar a mi familia, a la abuela, y a mis tíos, simplemente estaré rodeada de desconocidos. Este año en lugar de la foto familiar, probablemente tome la foto de la ciudad desde la ventana del avión, porque claro, todo año debe iniciar con una foto. Pero bueno, como dicen “si quieres cosas diferentes debes hacer cosas diferentes “. Y no voy a mentir, claro que duele estar lejos, pero también gracias a eso las lecciones de este año han sido mayores.
Cuando decidí regresar a México, a casa para navidad, varias personas me dijeron que era una mala idea considerando que estaba en Europa, y que lo más sensato sería usar ese dinero para el famoso Eurotrip. Y siendo honesta, en algún momento lo consideré, no por las ganas de explorar el continente en el que ahora vivo, sino porque la temporada alta lo hacía casi imposible. Pero ese casi fue el que marcó la diferencia, y puedo decir que sin duda alguna, este viaje fue la mejor inversión que he hecho, pues me dio las lecciones finales del año.
Aprendí que los mejores regalos van más allá de cosas materiales. Los mejores regalos son poder abrazar de nuevo a esas personas, llorar al sentir esa caricia al quedarte dormida, sentir ese beso, abrir los ojos y ver que están ahí. Escuchar ladrar a ese perro que me ve como si yo fuera lo mejor del universo entero. Volver a jugar videojuegos con ellos, con ella. Sentirme orgullosa de los padres que tengo y reafirmar una vez más que no solo para mi son excepcionales, sino que el mundo lo nota. Los mejores regalos son pequeños detalles como que te preparen el antojo que tenías, o abrir Spotify y encontrar puesta la canción que tu mamá te dedicó.
Aprendí a valorar más cada abrazo dado y recibido. Pues este año pude abrazar de nuevo a muchas personas, a nuevas personas y a otras cuyo abrazo se sintió como el primero… Y pude extrañar más aquellos que no se dieron y que ahora está guardados.
Aprendí que no importa cuánto tiempo pase y cuántos kilómetros estén de por medio, las amistades verdaderas siempre estarán ahí… a veces con un zumba en mano, o la invitación a su boda.
Aprendí a vivir más en el mundo real, a disfrutar de los momentos sin tener que decírselo a Facebook todo el tiempo, o estar atada a la cámara… Aunque hay momentos que realmente una fotografía (o varias) se vuelven el tesoro más preciado.
Aprendí que las personas que te quieren pueden entender cuando necesitas espacio y perderte un poco, pero que siempre es importante seguir cultivando esas relaciones. (Amigos, perdón por los mensajes no contestados).
Aprendí que aún hay personas de corazón puro en este mundo, que siempre ven lo bueno incluso en el pantano más obscuro, pero que también es necesario ser un badass, porque la vida es muy corta como para complacer a todos.
Aprendí a confiar de nuevo. A que la vida da oportunidades cuando menos lo piensas. A que un café un viernes por la tarde, se puede convertir en el viaje en el que encuentras a un alguien que acepta tus demonios, besa tus heridas y poco a poco, con mucha paciencia, te vuelve a armar el corazón pegando los pedacitos que alguien más, y tú misma rompió y rompiste, para enseñarte a querer un día a la vez.
Aprendí que nada vale la pena si en el juego estás tú cómo apuesta, porque como mi amiga me lo dijo, solo hay uno de ti, pero muchos trabajos, muchos lugares, muchas oportunidades…y la vida apenas comienza.
Aprendí que hay personas que marcan tu vida, y a los que en su momento llamaste maestros. Que te vieron crecer, y aportaron su pieza en el rompecabezas que ahora eres. Que después de un par de años, o 30, te van a recibir con los brazos abiertos, y sentirán el mismo cariño que tú sientes hacia ellos, porque forman parte de tu historia y de ti.
Aprendí que el éxito no se mide por cuánto dinero, casas, títulos tienes, o si trabajas en una comunidad rural o en una de las grandes ciudades de Europa. El éxito se mide con la vara que uno ponga… Para mí, el éxito se mide con ser feliz y estar presente en la vida de las personas que quiero… SIEMPRE. Pues los lugares, trabajos o monedas siempre estarán pero solo hay una mamá, un papá, una familia y uno de cada uno de tus amigos.
Aprendí que los mejores regalos son las oportunidades y las enseñanzas…y eso es lo que llevo en mi maleta para iniciar de nuevo el año.

 

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18+6

Hace días leí que los 24 no son 24 como tal, pues son 18 años formales con 6 de experiencia… y creo que de cierta manera es acertado decir eso.
Cuando me puse a pensar en qué había cambiado este año, me di cuenta que el tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos… que los 23 que les describí hace justo 365 días, siguen siendo los mismos, y parte de mí.
Ahora sé que era cierto que los 23 es cuando todo se convierte en un “para siempre” … las decisiones, las experiencias, los amigos… Este es el tercer año lejos de ustedes, de mi familia, de mis amigos… y si antes era complicado, ahora lo es más, porque no es lo mismo 600 km y un mismo horario, que 9000 km y 7 horas de diferencia. Pero es por eso que se vuelve para siempre, porque a pesar de la distancia, de los horarios, del tiempo, de la falta de comunicación, siempre hay un punto de retorno… una llamada, un mensaje, una foto, que hacen que todo se transforme a ese preciso momento en que nos dijimos hasta luego. Y todo vuelve a tener color, y el corazón vuelve a vibrar.
Es para siempre, porque a los 24 (gracias a los 6 años de experiencia, o un poco más) uno aprende a distinguir con más facilidad lo que vale la pena de lo que no: experiencias, relaciones, personas, prioridades… y comienza a ver más hacía el futuro. Las relaciones se vuelven reales, porque no hay tiempo para estar jugando, y uno busca la proximidad con personas que realmente te dejan un valor agregado.
Si uno está fuera, comienzas a extrañar tu casa, tu familia, cuándo eras pequeño… Yo lo extraño todos los días, todo el tiempo. Extraño los abrazos de mi papá y de mi mamá, extraño jugar con mi hermana, con mis primos… y comienzas a entender esa frase que te decían “Cuando estés grande vas a querer ser pequeño de nuevo”.
Dar un salto del 3 al 4 tal vez no signifique mucho, al menos en términos de números, pero sin duda alguna que, si uno lo vive bien, puede cambiar tu mundo, el curso del libro.
Sólo me queda decir una vez más, gracias.
Gracias por este año, por las experiencias, por las nuevas amistades, por todo el amor. Por cuidarme, por estar aquí aun cuando están lejos, simplemente por formar parte de mi vida.

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Ni con Melón, ni con Sandía

Hace días, mientras estaba escribiendo en un bar tomándome una cerveza, uno de los meseros se acercó a preguntarme por qué me encontraba sola. Me dio un poco de risa al notar su preocupación, pues como él lo dijo, es muy raro ver a una mujer disfrutando de una cerveza, buena música y la compañía de un diario de viaje. Riendo le dije “Creo que nos llaman independientes”, y regresándome la sonrisa se dio media vuelta y se fue.
Durante el resto del viaje me topé con situaciones similares, lo que me hizo pensar mucho sobre la percepción que muchas personas tienen sobre ver a una mujer disfrutando cosas, que la sociedad ha catalogado para dos o más personas. Pensé en la imagen de que una mujer debe de tener a alguien a su lado, y en todos los comentarios tan típicos de “¿Y el novio dónde lo dejaste?”, para después sentarme a escribir esto.

El hecho de que una mujer decida estar sola, no tiene nada de malo. No quiere decir que no tenga a alguien esperándola o que se vaya a quedar a vestir santos. No es razón para causar preocupación, y mucho menos para juzgar. El hecho de que una mujer decida estar sola, es un acto de valentía, porque aunque lo neguemos, como seres humanos imperfectos que somos, nos aterra tener que lidiar con nosotros mismos. Es ser inteligente, porque muchas veces recurrimos a aceptar la compañía de alguien que no nos deja ningún valor agregado simplemente por el miedo de estar solos. Es una oportunidad para lidiar con tus demonios y llegar a ese estado de exploración del yo, de tus sueños, de tus metas, gustos y rechazos.  Es saber cuánto vales, porque estás consciente de que le darás ese lugar a alguien que sea lo suficientemente bueno para merecerte. Andar sola, es poder disfrutar placeres simples de la vida, como probar cosas diferentes, tomar una buena foto, o conocer ciudades y personas nuevas.

Con esto no quiero decir que nos sintamos tocadas por Dios al momento de decidir estar con alguien; creo mas bien que cada persona sabe lo que busca y quiere, y cuando llegue esa persona que llene los requisitos, no habrá peros que hagan cuestionarnos la decisión.

En mi caso, hace tiempo me di cuenta que al menos en estos momentos de mi vida no quiero una relación, más bien me interesa la idea de un alguien. Alguien que antes de pensar en tener algo conmigo, se de el tiempo de conocerme realmente, que vea mis virtudes pero también mis manías, y sobre todo que me permita conocerle. Una persona con quien pueda recorrer cada pueblo mágico de este país, y los que se encuentran después de las fronteras. Alguien que no tenga miedo de mostrarse tal cual es, que sea honesto, y entienda que cada persona tiene sus demonios y que a veces esos demonios pueden ser compatibles con quien tienes a un lado. No me interesa un alguien que sea igual que yo o que sea perfecto, me interesa alguien real, que llore, que ria, que tenga miedos pero también sueños y aspiraciones y luche para conseguirlos; con quien pueda discutir y llorar si es necesario, y que no tenga miedo de pedir ayuda, ni sea orgulloso para recibirla. Un alguien con quien pueda hacer locuras, como salir a correr una noche lluviosa, correr en medio de una fuente o bailar de la nada enfrente de mil personas, porque de locuras surgen los mejores momentos. Que entienda que el estar con alguien no quiere decir que alguno de los dos debe de dejar sus sueños y/o planes a un lado, sino que siempre deben ser “tus planes, mis planes, y aquellos que construyamos juntos”. Que no se obstaculice la vida y no tenga esa idea de que las mujeres somos complicadas, porque a muchas nos gusta ser directas, sin rodeos ni dramas. Alguien que sepa que el mejor regalo que me puede dar no es una bolsa o un ramo enorme de flores, si no un buen libro con una historia entre lineas. Me interesa un alguien que no oculte las cosas para protegerme, porque soy fuerte y puedo aguantar mucho mas de lo que aparento, pero que entienda que muchas veces voy a necesitar un abrazo. Pienso en la idea de un alguien que comparta algunos de mis gustos como la lectura, el cine, la comida o el arte, pero que tenga otros que me permitan disfrutar cosas nuevas. Alguien que entienda que la levedad no es para mi, que mi tiempo es justo, pero que a pesar de tener mil cosas por hacer, siempre voy a tener tiempo para él.  No me importaría que no le gustaran los perros tanto como a mi, pero si que no entendiera el papel que juegan en mi vida, porque las cosas conmigo van en paquete completo (perros, amigos, familia, demonios y demás). Me interesa un alguien que me ayude a crecer y que entienda el significado de lealtad, del amor y sobre todo del compromiso.
Tal vez al leerlo suene abrumador e incluso un tanto utópico, pero si he llegado a formular la idea de ese alguien es porque sé que es aquello que me merezco.

Como dije, no me cierro a las oportunidades pero mientras ese alguien aparece, seguiré disfrutando de mis viajes, bares, cervezas y la compañía de un diario de viaje.

 

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Entre mochilas y regalos

Hace días, semanas más bien, un amigo me regaló lo que más me gusta recibir, algo que lleva mi esencia, en este caso, un libro, porque como él lo dijo, hay libros que están hechos a la medida de las personas y hay personas que se hacen a la medida de los libros. El punto es que el autor de este libro, habla sobre las decisiones de vida que uno toma para crecer, y que parte de ellas, se basan en el vínculo y los instintos egoístas. Pero hablar de egoísmo, al menos en este caso no es algo negativo.

Cada relación que establecemos lleva un propósito implícito, es decir, uno se basa en la meta de esa relación, en el instinto egoísta para decidir cuál es el camino a seguir. Pero cuando se habla de establecer un vínculo profundo, donde se tocan partes esenciales del ser, el proceso es diferente, porque no basta con saber que uno quiere obtener algo de ello, sino que la otra persona debe aceptar que eso suceda.

Y como Jorge Bucay (el autor) lo menciona, después de ver que hay un permiso de ambas partes, una aportación mutua, sucede que uno comienza a trabajar junto a la otra persona, para crecer, para enriquecerse dando. Y aunque suene paradójico Bucay lo explica con una frase muy sencilla “El autodiagnóstico es fácil: cuando doy, estoy recibiendo; cuando regalo, no recibo ni lo haré; cuando invierto, espero recibir algo del otro”.

Y tal vez se preguntarán porque les estoy hablando de esto, pero el punto es que cuando uno está lejos de casa, de sus personas, es muy fácil confundirse, y más fácil valorar esos vínculos que uno dejó atrás. Cuando uno está lejos de lo que conoce, se olvida de que no todas las personas que llegan a nuestras vidas, se merecen ese permiso. Lo olvidamos tal vez porque es emocionante empezar de cero, tal vez porque siempre es bueno tener una mano extra, tal vez porque bueno: ¿por qué no?… Se nos olvida que somos el conjunto de las cosas que absorbemos de los otros, de las experiencias, de las situaciones, y que por ello es importante tener ese instinto selectivo.

Y pasa, que un día cualquiera, volteas y te das cuenta que no estás haciendo nada extraordinario. Que, en lugar de invertir en relaciones, simplemente estás regalando tu tiempo, porque ninguna verdadera amistad se puede construir a base de “salidas de copas”.  Pasa, que uno tiende a confundir la amistad, y comienza a llamar “amigo” a todo aquel que es un compañero de trabajo, compañero de casa, compañero de copas, compañero de experiencia, porque hacer el análisis de si realmente nos deja un valor agregado tener a esa persona como amigo, es muy complicado. Y hasta que no pasa algo que nos hace caernos de la cama, empezamos a ver con claridad.

Empezamos a ver que los vínculos que realmente valen la pena, son aquellos que han dejado una marca importante en nuestro ser. Empezamos a ver que los pequeños detalles que igual antes te molestaban, son solo eso, pequeños detalles que te enriquecen, porque das un poco de tu paciencia y la gratitud de la otra persona se vuelve tuya. Empiezas a notar que la base de esos vínculos realmente es el amor, el amor hacia la otra persona, y el amor de esa persona hacia ti. Porque lo implícito en ese amor es la búsqueda del bienestar mutuo, la paciencia, la aceptación, el cuidado del otro ser, los errores, el perdón, el escuchar, el ser escuchado, y sobre todo la posibilidad de ser auténtico y real.

Hace tiempo escuché una paradoja que decía que cuando nacíamos se nos daba una mochila vacía, y que conforme íbamos creciendo, íbamos guardando cosas en esa mochila. Pero que muchas veces íbamos metiendo todo lo que nos encontrábamos en el camino, personas, experiencias, regalos, sentimiento buenos y malos, preocupaciones, problemas etc. Hasta que llegaba un punto en el que a mitad del camino o a un cuarto de este, ya no teníamos espacio para más. Y nuestra mochila se volvía tan pesada que era imposible avanzar, y nos quedábamos atascados en ese punto. En cambio, cuando uno era cuidadoso, es verdad que al final no iba a tener muchas cosas en la mochila, pero sí iba a tener las cosas más indispensables, valiosas, auténticas y únicas.

Yo no sé qué tanto camino me quede por recorrer, pero sí sé que, si he llegado hasta aquí, es porque en mi mochila están las cosas, personas y experiencias más valiosas. Están esos vínculos, que se pueden extender el número de kilómetros necesarios y aguantar el tiempo que sea necesario, porque al final, son reales; porque al final, son amigos y familia; porque al final, son AMOR.

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Amor es MÉXICO

“Hoy tu tierra marchita y eterna, ve nacer toda luz en su cuesta.
Hoy tu tierra marchita y eterna, roba besos y da primaveras.”
Natalia Lafourcade y Gustavo Guerrero

Tacos, Tequila, SOL, Guacamole, Cancún… algunas de las bellas palabras que las personas dicen cuando respondo que soy de México, que soy MEXICANA. Pero no siempre las palabras son como canciones, también suceden aquellas que llevan un tono no tan alentador como… Narcos, Drogas, Inseguridad, Homicidios, Trump… Latinos. Seguidas siempre de la duda implícita ¿Cómo una mexicana está aquí, trabajando en una compañía internacional como esa?

Al principio, lo veía con un tono de simpatía, pues creo que como en todo viaje, uno al inicio siempre trata de ver todo bajo el filtro de la felicidad, pero conforme fueron pasando las semanas, empecé a verlo con un tono de preocupación y un grado de tristeza.

Puedo decir que siempre he estado orgullosa de mi nacionalidad, de decir que nací en el paraíso, en el lugar donde la música suena en armonía con la naturaleza, donde los sabores bailan al compás de los aromas y colores, donde el 70% de la población es FELIZ, y en el ranking internacional de la amistad ocupa el primer lugar, porque si hay un lugar en el mundo que pueda tener todo, es sin duda mi México. Pero nunca lo había sentido tan real, tan adentro como hoy.

Y hoy, al estar en un país que toca las últimas posiciones de este ranking, he aprendido la clara diferencia entre ser amable y ser amistoso, porque hasta antes de este viaje para mi eran palabras que iban de la mano. He aprendido que los mexicanos (y latinos en general) irradiamos calor, felicidad y amor, en niveles que es imposible ignorar, aun cuando se hace el intento. Porque, aunque otras culturas no estén con los brazos abiertos hacia nosotros, no pueden evitar bailar con nuestras canciones, de intentar usar algunas de nuestras expresiones, o buscar ese intento de comida mexicana, de relacionar el paraíso, y tener en mente visitar alguna de nuestras playas o ruinas arquitectónicas.

Lo triste en esta historia es que muchas veces como mexicanos solo lo apreciamos cuando estamos lejos, cuando nos encontramos fuera de nuestra cultura, de nuestra casa, de nuestro amor. Y más triste aún es que, en parte, los prejuicios existentes son causados por nosotros mismos, por mexicanos, por latinos. Cuando no valoramos el talento que tenemos dentro de nuestro país, cuando hacemos menos a alguien que no estudió en una escuela de renombre, cuando creemos que somos superiores por tener unos cuantos ceros en la cuenta, o porque hemos viajado por el mundo. Cuando respaldamos que somos flojos siempre que llegamos tarde a las citas o al trabajo, cuando nos cruzamos las luces rojas de semáforo, cuando tiramos basura en la calle porque “si ellos lo hacen yo también”, cuando violamos la ley al cabo que “no pasa nada”. Cuando en lugar de leer preferimos ver un programa barato de televisión, y lo mejor que podemos hacer es criticar al mal gobierno, a los maestros, a los millennials, a Peña Nieto, a la corrupción, pero todo desde la trinchera de nuestro teclado, porque ah no, es responsabilidad del otro.  Y cuando lo veo así, entonces entiendo el momento en el que escuchan que uno es mexicano y la barrera invisible cae sobre la conversación.

Y entonces sucede que, si eres de los pocos que no entran en esos estereotipos, te cansas de presenciar siempre esa barrera, y en lugar de presentarte con la frente en alto y tu nacionalidad en el corazón, optas por cambiar de país porque bueno, si dices que eres de otro lado, tal vez tengas más posibilidades de entablar una amistad, o de simplemente no ser el ignorado en la conversación.

Pero hay que entender que, si eres proveniente del país que ocupa el primer lugar en hacer sentir bienvenido al prójimo, en hacer amigos, y ofrecer verdadera amistad, claro que va a ser complicado vivir en el país que ronda las posiciones 50 y tantas de 67.  Y no, esto no es una justificación para las actitudes prepotentes, los comentarios de “sí, es que yo soy pura sangre y bueno, en mi familia no se aceptan las mezclas” (no, no es broma, sí me lo dijeron), y la intolerancia a otras culturas que a veces se presencia en las calles de esta ciudad. Y uno podría pensar que tal vez esto proviene de las personas mayores, pero sorpresa… no es así.

Habito en una de las ciudades preferidas a nivel internacional por los millennials para vivir, por la calidad de vida, las oportunidades de empleo, la seguridad, servicios públicos, transportes entre otros aspectos. Donde el 62% de la población está compuesta por este grupo y la GEN X, y más del 20% de la población es de otro país. Vivo en la ciudad de los diamantes, de la moda, de los museos, llena de historia, de cultura, de una arquitectura bellísima, y a pesar de eso, siempre la pregunta es la misma… ¿Por qué Amberes?

Y es ahí donde el panorama está completo, y la respuesta es la misma: El problema somos nosotros. No como Mexicanos, no como Antwerpians, sino como sociedad, como mundo. La desvalorización de otras culturas, la desvalorización de la propia. Creer que somos más que los demás por haber viajado, tener dinero o tener una nacionalidad específica. Respaldar los malos estereotipos, y culpar a los demás, al racismo a la intolerancia, al gobierno, pero nunca evaluarnos a nosotros mismos. Todo eso, y un poco más.

Tal vez para algunas esto será como un amigo me dijo: Es más fácil sentarte a criticar, ir contra la corriente y no aceptar que es evolución. Pero si ustedes me preguntan, creo que es lo opuesto, pues sí es sencillo criticar y recargarte en lo que ya está preestablecido, pero no lo es el hacer las cosas diferentes, el ser diferentes. No es fácil aceptar que las cosas tienen que ser así, porque sé existen mejores maneras de hacerlas… de ser. Porque para mí es impensable negar que soy Mexicana solo porque así todo será más sencillo, cuando sé que no todos somos iguales, cuando hay quiénes somos embajadores de nuestro país, cuando nos esforzamos por ser mejores, por ver nacer esa luz en la tierra marchita y eterna de nuestro país.

Es impensable negar que soy Mexicana porque veo como nuestra cultura está basada en el amor, como nuestro talento trasciende fronteras, cuando estando del otro lado del mundo encuentras músicos que hacen bailar corazones internacionales, chefs que hacen llorar de felicidad con sus creaciones, escritores que pueden reparar almas rotas, emprendedores que mejoran el mundo, entre otros tantos, todos mexicanos.

Sí, no será fácil, pero te aseguro que, si haces las cosas bien, tendrás razones más que suficientes para sentirte orgulloso de lo que eres y de donde provienes, para tener siempre con la frente en alto, y al final, valdrá la pena.

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Si quieren saber más de lo que hablo: 

Las llaves de ella.

Y así comienza el viaje. Un día despiertas y te das cuenta que tus maletas están hechas. Que los tickets están en tu buró, el pasaporte en tu bolsa, al igual que un montón de recuerdos, y personas. Y así de simple, la vida comienza a cambiar. TU vida comienza a cambiar.

No sé si fueron las circunstancias, el pasado, o simplemente el destino. Pero hoy, viviendo en el otro lado del mundo, en un punto en el que las preguntas siempre son las mismas (¿Por qué Bélgica?, ¿Por qué Amberes?) puedo decir que tal vez era lo que necesitaba para crecer, y claro, intentar ser la mejor versión de mí.

Cuando estaba haciendo mi maleta, decidí guardar en ella mi manojo de llaves. Las llaves de mi antigua casa, las de casa de mis padres, de mi habitación en la casa de la abuela, de aquel candado que protege esos secretos, en general, las llaves de mi vida. Porque a decir verdad, uno lleva en el equipaje las cosas que en cierto punto cree necesitar, y para mi claro está, que al volver van a ser de nuevo indispensables.

Pero cuando comencé a desempacar, me di cuenta que aquí eran inservibles, y en un abrir y cerrar de ojos, en mis manos estaban dos nuevas llaves, solo dos… y entonces me di cuenta. Sucede que, cuando uno cierra un ciclo, lo primero que entrega son las llaves, por ejemplo aquellas de la oficina, o del departamento que solía ser tu hogar pero ya no mas, porque bueno, uno necesita deshacerse de cosas para abrir espacio a otras. Y lo mismo sucede al iniciar algo, uno comienza con una o dos llaves en la mano, y conforme va pasando el tiempo, el número va aumentando. Y cuando menos te lo esperas, tienes ya un montón de llaves que abren esos espacios a los que uno pertenece ya.

Y es así como el viaje va tomando forma. Con nuevas llaves, con nuevas personas, con nuevas ideas, nuevos lugares, y nuevas experiencias, PERO SIEMPRE, conservando aquellas que nos ayudaran al volver.

Porque como me lo escribió mi madre, VIAJAR es VOLVER.

Volver a tu hogar, volver a tus personas, volver a ti… pero siempre en una mejor versión.

De paseo con ella es la ventana que quise abrir para este viaje. Para compartir tanto con ustedes como con mi futura yo, todas esas experiencias que, al estar en otro país, conviviendo con otra cultura, sin duda alguna me harán crecer. Y claro, para estar un poquito más cerca del paraíso… mi hogar.

Carta a la persona que me quería y que dejé marchar.

Pensé mucho antes de escribirte esta carta. Borré unos cuantos reglones y arranqué varias páginas antes de que pudieras leer esto. Y es que cuando me ponía a seleccionar la combinación de palabras que quería usar, al final no parecían las correctas, y es que nunca es fácil decir “Lo siento”.

Sé que pasó ya un buen tiempo desde la última vez que estuvimos cerca, y no hablo del aspecto físico, sino simplemente cerca, es decir, yo en tu vida y tú en la mía. Sé que iniciaste de nuevo (o al menos eso me gusta pensar) y no te culpo, porque habrías sido un tonto sino lo hubieses hecho, y es que ¿quién se queda esperando algo que ha llegado, pero se ha marchado tantas veces? Es como aquel que espera ver de nuevo durante únicamente 1 minuto, ese comenta que acaba de ver, y que únicamente pasa cada 1000 años por la tierra… Exacto, sólo un iluso.

Pero sabes, esa “ilusión” es en parte lo que me llevó a escribirte esto, y sí, estoy consciente que llamarte de esa manera no es lo mejor para pedir perdón, pero ya sabes como soy, un poco directa y sin filtros. El punto de esto es que hoy, después de que recordé ese abrazo tan cálido, la sensación de tus brazos sobre mi cuerpo, y tu respiración acelerada por el simple hecho de tenerme cerca, entendí lo que significaba esa ilusión para ti.

Siempre fui clara contigo, o al menos eso creía, pero hoy tuve ese pensamiento de que cada persona tiene una percepción de la realidad única, y sí, tal vez en mi realidad las cosas eran tan claras como el agua, pero tú las percibías como algo completamente diferente, y es que bien dicen que las personas solo escuchamos lo que queremos escuchar, aun cuando la combinación de palabras nos da un tono ni tantito similar al esperado. Y es por eso que decidí escribirte, porque he aprendido que desaparecerme del mapa de un día para el otro no es lo más cortes, y mucho menos la decisión más acertada, y a pesar de que lo he hecho una y otra vez, regresando al mismo punto de partida, esta vez no quería dejar el punto en el aire.

Recuerdo que la primera vez que me fui de tu vida duraste escribiéndome día tras día intentado hacerme volver, hasta que viste que tus intentos eran en vano, y poco a poco tus mensajes fueron cesando, hasta que un día de la nada apreció un “Hola” de mi parte en tu bandeja de entrada, y las cosas volvieron a ser como antes. Las veces posteriores, simplemente te quedabas en silencio viéndome marchar, y en ocasiones hacías el intento de hacerme volver con alguna canción o con un chiste que sólo yo entendería, hasta que finalmente lo hacía y me recibías con los brazos abiertos, sin reproches, sin reclamos, sólo esa sonrisa tan tuya. No sé si lo hacías con la intensión de darme mi espacio o para medir si esa vez iba a volver o no, sólo sé que todas esas veces fui una cobarde, cobarde porque como tú una vez lo dijiste, en el fondo sabía que tú y yo pudimos haber sido algo increíble.

Y a pesar de que suene un poco trillado, la verdad es que sí “nunca fuiste tú, pero siempre fui yo” porque como una vez leí “uno no puede vivir en una casa tan bella y al mismo tiempo tan triste” y tú no te merecías vivir en un hogar así. Porque no basta con la belleza, con reír, con creer, con ilusionarse, con sentir ni dejarse llevar, no basta con nada y a la vez sobra todo. Y te digo esto porque sé que tú hubieses hecho hasta lo imposible por hacerme feliz cada día de mi vida, por regalarme esos detalles o esas pequeñas acciones, que tomara o no, sembrarían un precedente de que eras el príncipe azul de mi cuento de hadas.

Y ese fue el problema, que en este cuento el personaje de príncipe azul no existe, porque no hay princesa a la cuál salvar, porque un día salió del cuento y se perdió en el camino de regreso, y desde entonces ha estado intentando encontrarse antes de encontrar a alguien más. Ha intentado construir su casa desde los cimientos una y otra vez, con pequeños y grandes tropiezos, contra olas gigantes de tormentas que entran por las ventanas y arrasan con todo, contra el lobo que sopló y sopló y la puerta derrumbó, pero siempre sola, con la frente en alto y el valor en mano. Porque el día en que esa casa sea tan fuerte, tan única, tan suya, será el día en que realmente podrá refugiar a otro ser.
Con esto solo te quiero decir que sí, no eres tú, porque sé que me pudiste querer como a nadie, como nunca. Y sí, soy yo, porque me es imposible cerrar el cerrojo con un beso, porque antes de encontrarte a ti, necesito encontrarme a mí.

Esta vez volví, aquí, en esta página, para siempre.

La persona que te dejó marchar.

ÉL me hace feliz.

Hay días como hoy que son tan tranquilos a simple vista que parece que nada puede salir mal. Y de repente el clima comienza a volverse cada vez más frío y el príncipe comienza  a perder su tono azul. Comienzas a recordar desde que momento cambiaron las cosas y hasta eso te cuesta trabajo porque lo único que realmente sabes es que hasta hace algunos días era la persona más maravillosa que habías conocido.

No sé si esto se debe al hecho de que cada vez a las mujeres nos gusta complicarnos menos (sí, porque aunque vaya contra nuestra naturaleza femenina, también nos cansamos de complicar todo) o que nos volvemos indiferentes ante el juego del “cazador y presa”. Tal vez sea que después de haber pasado por algunas relaciones “difíciles” lo último que queremos es seguir batallando. Sea cuál sea la razón, la verdad es que el “No eres tu, soy yo” se vuelve literal, y aunque estemos consientes de que no es perfecto y que tiene sus detalles así como sus virtudes, hay algo que nos hace dudar y poco a poco perder las ganas de seguir adelante…y aún cuando no haya nada malo con él, simplemente esa idea de que no es para ti comienza a surgir.

Lo peor de todo es que sabemos que es una persona increíble, y que todos los desafíos que puedan venir no van a ser en vano. Sabes que esa sensación de felicidad es real y que de cierta manera es todo aquello que buscabas, pero cuando lo piensas, la única respuesta que encuentras es la de la incertidumbre, el no saber qué piensa, qué siente, qué busca…qué quiere, y como lo mencionaba hace tiempo, la incertidumbre va de la mano del miedo, y el miedo se vuelve el freno de todo y nos hace querer comenzar de nuevo, querer volver a la zona de confort, a nuestra zona libre de riesgos.

Creo que cuando esto pasa, es porque de cierta manera nos encontramos en uno de los puntos más vulnerables que como seres humanos podemos tener: el momento en el que nos damos cuenta realmente de lo mucho que esa persona nos importa, de lo mucho que se ha metido en nuestras vida y sobre todo del efecto que su presencia tiene día a día.

Ese momento en el que de repente comenzamos a notar que acciones mínimas (y que tal vez para otros puedan ser insignificantes) como el recibir un “te extraño” o escucharlo hablar de su día, compartir sus pasiones, sus inquietudes y sus pensamientos, tienen un impacto tan grande que un día hablando de él, las palabras mas bonitas que podemos decir son “ÉL ME HACE FELIZ” porque en ese momento, al decir aquellas 4 palabras, estamos abriéndole completamente nuestro corazón.

A veces en este punto se nos olvida que el miedo es normal y tal vez más común de lo que podemos imaginar. El miedo no es a arriesgarnos, pero si a perder, y lo único que necesitamos para evitar salir corriendo es que nos recuerde que todo valdrá la pena.

Entre la Casualidad y el Hubiera

Hace días estaba leyendo a uno de mis autores favoritos. Hablaba sobre las coincidencias de nuestras de vidas, de como esos 2 o 3 acontecimientos inesperados ocurren al mismo tiempo, alineandose… mientras que la mayoría de los seres humanos nos volvemos ciegos en nuestra vida cotidiana restandole importancia a tales casualidades, dejando así que la vida pierda esa dimensión de la belleza.

En los últimos meses me había apegado a la idea de que todo lo que sucede pasa por algo, y que si algo no se da es porque probablemente viene algo mejor o ideal para ti; y si a eso le sumamos lo de las casualidades, el resultado se vuelve algo a lo que se debe prestar atención.

Con los acontecimientos de la primera mitad del año, me había dedicado a culpar un poco a mi mala suerte, y tal vez a la vida en sí, pero después de leer aquellas palabras, lo entendí. Entendí que los tiempos y acontecimientos son perfectos, incluso en su imperfección superficial. Por ejemplo, si analizamos las posibilidades existentes de que aquel día, entre 21 millones de personas, nos encontráramos en aquel lugar, en el que ninguno de los dos debía de estar, nos daríamos cuenta de la imposibilidad del hecho. Pero las casualidades actuaron, y ese día decidió y decidí estar ahí, justo a esa hora…y por casualidad él había olvidado aquel computador con el que siempre carga, por lo que tuvo que quedarse a trabajar justo en las computadoras que estaban frente al sillón en el que de casualidad decidí sentarme, después de que por casualidad decidieramos entrar a ese edificio entre todos los existentes en la Universidad. Y sí, en el momento odie ese acontecimiento y maldije mi mala suerte, pero si no nos hubiéramos encontrado ese día, nada de lo que pasó después hubiera sido como sucedió, porque probablemente de no haber entrado a ese edificio, nos hubiéramos ido temprano a nuestro departamento y no hubiéramos encontrado a aquella amiga, ni terminado en aquel lugar de salsa al que nos llevó mas tarde, y entonces esa salida se hubiera movido para el día siguiente, lo que hubiera ocasionado que no saliera con aquel amigo que me hizo poner todo en perspectiva, y no me hubiera dado cuenta tan pronto de que todo había pasado, y de que aunque un corazón haya quedado en mil pedazos, aún puede volver a emocionarse, y me hubiera costado más trabajo llegar al punto de estar bien… y así un sin fin de “hubieras” seguirían eternamente. Y todo derivado de esa casualidad de que olvidara su computador.

Podrá sonar muy irreal, pero la verdad es que hemos perdido esa capacidad de apreciar esas coincidencias que, grandes o pequeñas, le dan sentido único a los días.

Muchas veces, por acontecimientos previos, nos cerramos a ver más allá de nuestros ojos y nuestra razón, y cuando se presentan esas casualidades (como aquella de que una persona que no te es indiferente se fije en ti, o te quiera a ti (porque sí, es una casualidad considerando la cantidad infinita de amores no realizados), y que el cosmos se alinie para darles esos pequeños espacios de conversación, de estar a solas aún rodeados de mil personas, y sentir ese pequeño click), simplemente las dejamos pasar… por miedo, por no saber apreciar la belleza de las casualidades que los llevaron a estar en ese lugar y en ese momento, y así, si existía la opción de tener algo que podría ser diferente, único, mejor, y hasta incluso ideal, muere antes de si quiera empezar. Y más triste aún, cuando una de las dos partes, o la vida misma, da otras señales, y solo las ignoramos limitándonos a decir “Es una simple coincidencia”, menospreciando el poder que esta tiene, para después enviarlas al espacio de las oportunidades no aprovechadas. Y esto a algo que no sólo aplica en el amor o en la relación con una persona, sino con todos los actos y situaciones que día a día se nos presentan, desde la aplicación para un nuevo trabajo, hasta el posible Sueño de Vida realizado.

El punto de todo esto es que tal vez, si prestaramos atención a lo que pasa más allá de nuestra vista y razón, podríamos darnos cuenta de la infinidad de oportunidades que nos están esperando, de que la vida no es tan mala o injusta como como veces llegamos a pensar, que tal vez dentro de esas casualidades está quien nos puede entender, escuchar, complementar y hacernos felices. Pero sobre todo nos daríamos la oportunidad de ver esa dimensión de la belleza que no todos pueden llegar a ver.

¿AMOR?

Con el mes que comienza y después de haber pasado la época de depresión invernal, un tema que ha comenzado a aparecer hasta en la sopa es el tema del amor. De hecho, hace un par de días me preguntaron mi punto de vista sobre eso, para ser mas exacta, me preguntaron si realmente creía en el amor. La verdad pensé muy bien mi respuesta porque siendo honesta creo que el dar un SÍ o un NO a secas es muy arriesgado sin saber exactamente a que se esta refiriendo.
Dicen que en ese tema no existen tonos grises, es decir, se cree o no se cree, pero hay que tomar en cuenta que “amor” es una palabra bastante extensa y mas compleja de lo que muchos en la actualidad pueden comprender.

La verdad siempre he sido una sentimentalista de lo peor y tal vez por eso mi respuesta hasta el momento ha sido mas una afirmación que un no. A diferencia de muchas personas que creen que el amor es solo una reacción química, yo creo que va más allá de eso, creo que es una parte esencial de nuestra humanidad.
Erronemanete durante mucho tiempo se ha ido catalogando la palabra amor en términos románticos y de pareja, sin embargo hay que recordar que no solo por tu compañero del momento o de vida, se puede llegar a experimentar ese sentimiento.

El amor no tiene que ir enlazado a una persona, pues puede aparecer hasta en la mas mínima cosa, acción o momento.

Para muchas personas el sinónimo de amor podría ser eso que los llena de pasión, aquello que los hace levantarse cada mañana, como el hacer lo que te gusta, o trabajar en lo que toda tu vida soñaste. Tal vez para algunos otros podría ser el escuchar la voz de tu padres o de tus hermanos, e incluso el ladrido de aquel perro o gato que un día llegó a tu vida para quedarse. Puede aparecer en cada segundo que pasa, pues hasta para algunos, el amor puede ser sinónimo de la vida misma.

Sin embargo conforme ha pasado el tiempo, el concepto de amor se ha ido malbaratando, tanto que hasta cierto punto para muchas personas ya suena mas como un mito. La verdad no los culpo, porque hasta cierto punto como personas y como sociedad, nos hemos olvidado de apreciar realmente la esencia de ese sentimiento. Hemos optado por ir más lejos, más rápido y más cerrados sin percibir lo que tenemos a nuestro al rededor, sin darle el valor y el respeto que todo lo que tenemos cerca se merece, desde las personas hasta las virtudes, y se nos ha olvidado que hasta en la mas grande imperfección se puede encontrar amor.

Hablando en términos románticos creo que hemos caído en una prostitución del sentimiento y por ende, este se ha vuelto algo mas como una paradoja, porque como diría George Carlin “estos son los días de amores de una noche” donde aprendemos a vivir mas a prisa pero no a ser pacientes, y cuándo llega alguien que realmente vale la pena no lo llegamos a apreciar en su totalidad, y optamos por complicar las cosas y buscar mil peros y salir corriendo por la primera salida de emergencia que vemos, porque no nos queda claro que la felicidad y el amor no dependen de las circunstancias ni del momento, depende del corazón.

Pasa que cuando encontramos a alguien, las dudas y el miedo de ser lastimados llegan por todos lados y entonces nos rodeamos de un muro y preferimos tomar el papel de cabrones, comenzando un juego donde el sexo toma un papel importante y la finalidad (mas que conocer a la persona y ver si es la indicada) es llegar a una noche y ya, porque así al menos tenemos un poquito de seguridad de que no seremos nosotros los de los platos rotos, y mientras jugamos al rompecorazones, ni siquiera llegamos a ver si esa persona que mostró interés en nosotros pudo haber sido la correcta, aquella que daría su tiempo, su ser y un poquito mas por hacernos felices. Y por el otro lado, esa persona que suspiraba por nosotros, que se sonrojaba incluso al recibir un mensaje nuestro, abandona la cruzada…y así de simple algo que pudo haber sido tal vez la historia de amor mas grande de la tierra, desaparece.

Creo que la pregunta del millón no debería ser si realmente existe el amor o no,  debería ser si nos encontramos dispuestos a darle una oportunidad.