Waiting for no one

Esta vez no va a ser la página 200, porque si soy honesta, dejé de tener un recuento especifico de mi libro. Esta vez voy a contarles sobre el capítulo que se terminó de escribir, y como es de costumbre el que inicia en un aeropuerto.
Hace varios años me diagnosticaron ansiedad generalizada, después de haber pasado por diagnósticos de dermatitis, colitis, gastritis nerviosa…migrañas, insomnio y de más. La verdad es que aunque en su momento seguí un tratamiento, la mejoría fue solo sintomática. Viví así años, tomando medicamentos para toda esa sintomatología, acompañado de terapia y posteriormente de un tratamiento psiquiátrico, el cual terminé en varias ocasiones… pero al que tenía que regresar después de unos meses.
A inicios de esta pandemia, y cómo fue la situación para muchas personas, todo volvió. No volvió sutilmente, volvió con toda la intensidad de una tormenta eléctrica. Regresó en un momento de incertidumbre laboral, financiera, familiar y de más… y que aunque pusiera todo mi esfuerzo, no podía remediar nada porque todo lo que inducia ese cuadro, estaba fuera de mis manos. Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez no me encontraba sola.
Dentro de lo bueno de toda la situación, me encontraba por fin en casa, con mis hermanos, con mis papás, mis perros… mi familia. Me encontraba de nuevo en mi país después de años de no poder volver. Pero sobre todo me encontraba en una situación en la que todo mi mundo, y lo que había construido en los últimos años se había derrumbado, y rendirse no era opción.
Cierto día, después de un ataque de ansiedad, decidí buscar ayuda psiquiátrica de nuevo, y el proceso de deconstrucción y reconstrucción empezó. Pero por primera vez me atreví a involucrar a toda mi familia. Me atreví a hablar con mis papás sobre la situación y todo lo que había pasado en los últimos años. Y aunque no fue fácil, fue la mejor decisión que pude haber tomado. Pasé de un diagnóstico de ansiedad generalizada a un diagnóstico de ansiedad y depresión.
Cuando pude volver a Bélgica, el proceso de una reconstrucción anunciada comenzó. Tuve que iniciar de nuevo de cero, mudarme en medio de la pandemia a un nuevo lugar, entender que ese sueño de felices por siempre ya no era más, ni la familia feliz, ni la casa ni el perro…y que nada iba a ser igual. Tuve que aprender a estar sola de nuevo, me tuve que acostumbrar a llegar a casa y no tener a alguien esperando por mí, a despertar sin alguien a mi lado, pero sobre todo tuve que reencontrarme, conocerme de nuevo, y llenarme de amor propio…mucho amor propio.
En ese proceso, corrí con la suerte de encontrar a la mejor psicóloga que he tenido en todos estos años. Y aunque ella dice que yo soy la que ha logrado todo, la verdad es que sin su guía, tal vez la historia de este progreso hubiera sido diferente. Después de un tiempo mi diagnostico cambió y se volvió déficit de atención e hiperactividad, ansiedad generalizada, depresión, trastornos alimenticios, estrés postraumático, espectro obsesivo compulsivo, síndrome de cutting, trastornos de sueño-vigilia y contando. Y darme cuenta de todo lo que estaba pasando conmigo, fue un golpe muy fuerte, pues creo para nadie es fácil escuchar que hay tanto por sanar.
Agregándole a la lista me enferme varias veces de COVID, y tuve que cuidarme sola. Por los antidepresivos subí más de 10 kilos, y no importaba que hiciera, ni la dieta, ni el ejercicio, ni los medicamentos podían contrarrestar ese efecto. Así que ya no era nada mas preocuparme por mi salud mental pero también por mi salud física. Pasar de exámenes a exámenes tratando de averiguar que estaba mal conmigo para contrarrestar el efecto del medicamento y las secuelas de COVID.
Pero poco a poco lo fui logrando. Volví a disfrutar aquellos paseo por el mercado, llenar mi casa de flores, ir a librerías y museos, bailar, tomar fotos de nuevo… aprendí a querer mi cuerpo de nuevo, a que una talla no me define, a que esta bien darme gustos culposos de vez en cuando, y que no pasa nada por poner límites y definir quien le hace bien a tu vida y quien no, sin importar el tipo de lazo, o las previas circunstancias.
Aun hay días en los que no puedo controlar los impulsos, en que todos esos demonios vuelven. Hay días muy malos, en los que duele mucho, a veces sin razón, a veces por algún incidente que detona todo. Hay días en los que todavía no puedo comer, ni dormir, ni hacer nada por mi misma. Hay días en los que me cuesta hablar de lo que me pasa, y en los que no puedo expresar ni que pasa por mi mente. Pero también hay días en los que sonrío sin razón, en los que veo que hay cosas muy bonitas que hacen que valga la pena todo, como los abrazos de mi familia, ver a mis papás enamorados, a mis hermanos realizando su sueños, a mi familia disfrutando de estar juntos a pesar de todo, o las llamadas de mis tíos simplemente para seguir conectados.
En este camino también encontré a personas que le han sumado a mi vida, como mis amigas que siempre me escuchan y saben que decir, que me han abrazado en el momento y en la distancia, que se han reído a morir con mis tonterías, y que me han cuidado cuando ni yo he podido cuidarme. Encontré a aquellos amigos que me han seguido en mis ocurrencias, en mis viajes, en mis momentos buenos y malos, y me han abrazado y besado esas heridas sin decir nada, sin juzgarme, ni cuestionar mis acciones… con los que puedo ser yo, sin miedos ni mascaras.
Como familia, creo que esto nos ha hecho más fuertes, nos hemos quitado tabús, hemos aprendido a ser honestos, a abrazarnos, a leer entre líneas, a entender los demonios que todos tenemos y amarnos tal cual y somos.
Pero sobre todo he aprendido a ser autentica, a no tener miedo de decir que no, o de decir que si por algún compromiso. He aprendido a que esta bien cortar lazos con las personas que restan a mi vida, sin sentir que estoy haciendo algo malo. He aprendió a debo ser leal a mis valores y a mis principios, aun cuando es signifique que tal vez pierda a personas en el camino. Aprendí a que no me importara lo que lo demás pensaran de mí, porque yo soy mi prioridad y soy yo la única que va a tener que lidiar toda la vida conmigo. Pero sobre todo aprendí que no debo de esperar nada de nadie, y menos esperar a que alguien me complemente, porque al final el amor empieza con el amor propio.
Este año por primera vez disfrute mi cumpleaños a morir y mi fin de año como nunca. He reído como nunca, he llorado como nunca y he crecido como nunca, así que así inicia este capítulo que como dijo Rozalén…

Si elijo ser mi prioridad
No es cuestión de egoísmo
El tiempo de calidad
Parte dedicado uno mismo.

Gracias por seguir en este viaje, gracias por cuidarme, y por abrazarme el alma.

Veintitantos

Si vuelvo al punto de inicio de esta última vuelta al sol, con certeza puedo decir que jamás me hubiera podido imaginar todo lo que estaba por venir. Creo que de los últimos años, este sin duda alguna ha sido el que más me ha sorprendido.

Hace poco más de un año pensaba en las cosas que de niña quería, y entre ellas pensé en que aun me faltaba tener un loft, sin imaginar que meses después me encontraría decorando uno. No me imaginé que el iniciar de nuevo iba a ser tan duro, y a la vez tan mágico.

Este año viví tal vez varios de los más obscuros momentos, pero creo que no se comparan en absoluto toda la luz que me he encontrado… y bueno, quien iba a decir que el amor me iba a encontrar en tantas formas y tantas risas.

Este año empecé a reencontrarme conmigo misma. Aprendí a disfrutar mi propia compañía. Me descubrí de nuevo sonriendo caminando por la calle y disfrutando el olor de las librerías. Empecé a conocer a la nueva yo. Me acerqué aun más a mi familia, y me he llenado de todo su amor, de todos sus abrazos, de todos sus “te extraño”. Abracé tanto a mis hermanos, a mis padres, a mis tíos, primos y abuelas, y sus abrazos y palabras me han recargado de tanta energía para sobrellevar cualquier cosa.

Encontré a una guía que me ha ayudado a conocer y entender a mi yo del pasado y a mi actual. Alguien que me ha enseñado que hablar de salud mental es necesario, y que no tiene nada de malo. Que me ha ayudado más que en todos mis años de terapía, y que sin duda alguna ha sido parte de mi nuevo salvavidas.

Este año volví a mi familia de elección, a mis amigos para toda la vida… A los que pude ver cara a cara, no saben lo bien que se sintió abrazarlos y llenar esas habitaciones de risas y recuerdos. A los que aun no he podido ver, no saben lo bien que me ha hecho saber que siguen ahí y que nuestra amistad es más grande que cualquier frontera, que cualquier página de vida en la que estemos, porque aunque en diferentes lugares, seguimos juntos.

También agregué unos nombres a la lista, que ente más lo pienso, han sido el regalo más grande que este país me ha dado, porque aunque a meses de que nos conocimos, he vuelto a reír como hace mucho no lo hacía. En ellos encontré a personas increíbles que es tan complicado describirlos con palabras, porque son simplemente extraordinarios. Me han recordado que no tengo que remar sola, que podemos volver a bailar, cantar, llenar las calles de risas y a veces de llantos. Y sobre todo que juntos brillamos tanto que las tormentas que vienen, aunque grandes, no pueden contra nosotros.

Este año seguí abrazando a mi familia Belga, y no saben lo feliz que estoy de haberlos encontrado, que aunque las circunstancias hayan cambiado, siguen demostrándome su amor.

Creo que al final de esta vuelta al sol, no hay palabras para describir lo increíble que este viaje ha sido.

De nuevo, gracias por formar parte de estos veintitantos, y de esta aventura llamada vida.

Los quiero de aquí al infinito y más allá.

Casas en medio del mar

Creo que más de una vez he perdido mis palabras. A quienes les gusta escribir sabrán a lo que me refiero. No es dejar de escribir por largos momentos, es simplemente no poder escribir de aquello que esta atorado dentro. Y hoy, mientras escuchaba la tormenta que golpea mi ventana, mientras no podía dormir, por fin pude empezar a formular oraciones.

Alguien a quien quiero mucho, una vez escribió sobre mi casa…aquella casa que sin cansancio construía una y otra vez con la esperanza de tener un hogar, y como siempre, una ola gigante entraba por la ventana y arrasaba con todo, y de nuevo ahí me encontraba, parada intentando recoger los pedazos. Siempre me gustó esa analogía. Siempre me gustó pensar que mis relaciones eran como una casa que poco a poco se iba formando.

Nunca lo vi como algo literal, hasta que llegó él y entonces empezamos a construir una casa de verdad. Todavía recuerdo esa sensación ver aquella casa, mirarnos y saber que esa era la indicada. Empezamos a imaginar como sería ponerle nuestro sello, y poco a poco lo fuimos haciendo. Primero con uno que otro mueble, una planta aquí, una planta allá, y por supuesto que nuestras fotos no podían faltar. Empezamos a diseñar los cambios que queríamos hacer, a escoger el color de nuestro cuarto, la nueva cocina, y plan tras plan iba siendo mas nuestra.

Y aunque el viento helado entraba por las ventanas, la idea de que otra ola podía destruir todo aquello que habíamos construido, parecía absurda, porque esta vez todo era real, todo era tangible. El sueño de nuestro hogar se volvió nuestra rutina, y nuestra prioridad. Y poco a poco se nos fue olvidando ponerle leña a la chimenea, proteger las puertas y ventanas en caso de una emergencia, y sobre todo protegernos mutuamente.

Y fue así que cuando la tormenta inició, poco a poco las olas fueron entrando, hasta que mi vieja amiga, volvió a entrar esta vez por todas las ventanas para arrasar con todo.

Fue así como nuestro hogar dejó de sentirse como mío. Fue así como un día todo se destruyó y tuve que salir en busca de un nuevo lienzo.

No voy a mentir, dejar la casa de tus sueños duele, y duele mucho. Duele decirle a dios a cada gota de sudor, a todas las noches de cansancio, a las cuentas del banco, a las desveladas. Duele saber que toda tu esencia está ahí dentro pero ya no será para ti, y que tal vez nadie mas va a poder ver la belleza que tu veías. Duele decirle adiós a un amor y a un hogar, y duele empezar de nuevo.

Alguien a quien quiero mucho me dijo que viera esa oportunidad para volver a empezar a decorar mi casa, de forma literal y figurativa. Y creo que eso fue lo que me dio un poco de esperanza. Y así fue que después de unos meses, empecé de cero, poniendo unas cuantas velas, unos nuevos cojines, una nueva cama, plantas y flores. Y después vinieron los detalles especiales, como ese cuadro arriba de la chimenea que me recuerda al amor de mi vida, o esas fotos de mi familia y amigos que están por todo el lugar.

En el proceso tuve que salir en busca de nuevas cosas, y lo que me encontré fue sorprendente. Me encontré con la Claudia que había olvidado cuánto ama el olor a biblioteca y perderse por horas en los pasillos de una. Encontré a la persona que pasea por los mercados y parques y a veces se pone a platicar con las personas. Encontré a aquella chica que le gustaba leer en la banca de un parque para después tomar unas cuantas fotos de la ciudad, y aquella chica cuya terapía era ir al super porque eso le recordaba a casa.

Y fue así como entendí que antes de construir una casa para dos, siempre es mejor empezar por una casa para uno mismo. Donde si entra una ola, basta un trapeador para limpiar el desastre, porque al final, aquello que se encuentra dentro, aquel amor que mantiene los cimientos de esa casa, es el amor incondicional de la familia, de los amigos, pero sobre todo, de uno mismo.

Duele empezar de nuevo, sí. Pero duele más perderse en el camino de construir una casa que tal vez no quería ser construida.

Hoy sé que aunque tarde tiempo, mi casa va a volver a brillar, a ser radiante, a ser como yo.

Tal vez este es el inicio…

Si soy honesta no sé en qué momento fue que todo empezó. No sé si siempre han estado conmigo o si fueron apareciendo ocasionalmente para luego quedarse. Sé que la primera vez que noté que necesitaba ayuda fue en la preparatoria, cuando al final del día vi a mi papá sentado en el sillón comiéndose un par de galletas. Fui a la alacena a buscar unas para mí, y al ver que ya no había, mi papá se ofreció a darme las suya, y yo simplemente rompí en llanto. En ese momento entendí que era verdad lo que mi consejera escolar había visto en mí, y necesitaba algo más que “ser fuerte y aguantar”. Acepté su ayuda y durante un tiempo pasó y todo volvió a la normalidad, o al menos eso creía, porque nadie te explica que la ansiedad se manifiesta de muchas maneras, como el insomnio, la sensación en el pecho a la que muchas personas llaman “presentimiento”, hábitos como rascarse y rascarse hasta tener una herida abierta y no poder parar porque simplemente lo necesitas. Cuando eres joven nadie te explica que los pensamientos obscuros, obsesivos compulsivos no son normales, que los días y noches de llanto esporádico tampoco lo son. Nadie te dice que si tienes gastritis puede ser no por comer irritantes, o que el mareo, la disfagia que te provoca periodos sin querer comer, o bien periodos en los que comes demasiado, pueden ser síntomas de ansiedad.

Y sí, en algún momento todos hemos dicho que hemos tenido un episodio de ansiedad, como la vez en la que esperabas los resultados de ese examen, o cuando ibas tarde a tu entrevista de trabajo, pero la verdad es que tener un episodio de ansiedad no es lo mismo que tener un trastorno de ansiedad.

Hace poco una persona me dijo “Yo he tenido muchas crisis y he podido manejarlas bien, sin alejarme, sin ayuda”, y el único pensamiento que pudo venir a mi mente fue “si has podido manejarlas, es que no has tenido una crisis de verdad”. Y es que últimamente parece que las personas se enorgullecen de decir “tengo ansiedad porque necesito dejar mis notificaciones en cero” y es que eso no es algo para estar orgulloso. Dejen me explico mejor, vivir con un trastorno de ansiedad es un miedo irracional todo el tiempo. Es como la sombra que te sigue a todos lados para apagar tu flama. Es tener ataques de pánico cuando no te contestan el teléfono rápido, tener pensamientos irracionales porque cometiste un error en una presentación, son momentos en los que no te puedes controlar porque no eres tú quien tiene el control, si no tu ansiedad, a veces por alguna razón, a veces simplemente de la nada, y poco a poco empieza a controlar tu vida, al punto de que tu rutina diaria y tus relaciones se ven afectadas.

En mi caso, empezó poco a poco y yo lo atribuí al estrés de la preparatoria, de las actividades extras, a la inseguridad que en ese momento se vivía, y así sucesivamente hasta que me di cuenta que algo más que eso estaba pasando. Los detalles de qué fue lo que detonó que le pusiera nombre y cara los omitiré porque cada quien vive situaciones diferentes, y lo que para algunos puede ser solo una piedra molesta en el zapato, para otros puede ser una montaña imposible de cruzar.

El punto es que algo sucedió en mi vida que marcó el principio de una nueva etapa. Al inició pensé que era normal estar triste por algo así, pero esa tristeza pasó a afectarme en el aspecto físico. El dolor en mi pecho era real, las migrañas también lo eran. La falta de apetito, la pérdida de peso, el insomnio y de nuevo, el llanto incontrolable. Por varios meses pude manejarlo bien, salía temprano de la casa y regresaba tarde, para evitar que mi familia se diera cuenta. Comencé a usar ropa debajo de mi ropa para que no se notara tanto mi pérdida de peso, y maquillaje para que no se notaran mis noches de insomnio, y pasé a vivir con analgésicos todo el tiempo y a todas horas. En ese entonces viajaba por lo que no estaba tanto en casa. Pasaron meses hasta que un día mi mamá me preparó algo de cenar y me negué, y fue ahí que hizo el comentario “No comes, nunca te veo comer”. Busqué una excusa rápidamente y el momento pasó. Y poco a poco hice el intento de volver a comer.

Después de eso pensé que, si cambiaba de aires, tal vez el problema iba a desaparecer. Y fue así que pasé mi verano en Aguascalientes. Sin un plan en mente, más que el darme tiempo para sanar, y así fue, o eso fue lo que pensé al principio. Pasaba mis días encerrada en mi departamento viendo la vista de la ciudad. Entre tareas, caminatas por el centro de la ciudad, cafés y mi libreta de viajes, fui entendiendo poco a poco lo que me pasaba. Había días buenos en los que me encantaba pasear por los jardines de la ciudad, y otro en los que simplemente no podía salir de la cama hasta que agarraba fuerzas para hablar a casa y con una sonrisa decir que todo iba de maravilla.

Justo cuando me sentí lista para volver a casa, recibí una oferta de trabajo en León, y considerando que una de mis amigas ya estaba allá, sonó como una muy buena idea, así que empaqué mis cosas y cambié de nuevo el rumbo.

Por un tiempo todo fue bien, comía bien, dormía bien, y buscaba distraerme en cosas triviales como salir de fiesta lo más que se pudiera, o pasar la tarde en el centro comercial. De vez en cuando los malos pensamientos y el llanto volvían, pero a un nivel en el que era yo quien tenía el control. Hasta que un día todo empezó a pasar de nuevo, la única diferencia es que esta vez todo fue tan sutil que ni yo me di cuenta que estaba cayendo en los mismos patrones. Cierto día comiendo en uno de mis lugares favoritos, pedí lo de siempre. La sorpresa fue que esta vez muy apenas toqué el plato, y cuando se me cuestionó por ello, mi respuesta automática fue que había comido antes de salir de la oficina. Y fue ahí donde me golpeó, tenía días en los que muy apenas comía, muy apenas dormía y muy pocas noches eran en las que no lloraba. Se había vuelto algo tan normal en mí que por poco no me di cuenta. Y fue ahí donde volví a buscar ayuda profesional.

Hablar las cosas con alguien externo me ayudó a poner los pies de nuevo sobre la tierra, pero también le dio un nombre a lo que me sucedía: Ansiedad Generalizada, y la sorpresa es que mi ansiedad no venía sola, tenía un acompañante llamado Depresión. No sabía cómo decírselo a mi familia, no sabía cómo hablar del tema con mis amigos. Me daba pena decir las razones por las que según yo había llegado a esta posición, y no estaba preparada para mencionar todo lo que me había pasado, ni siquiera con la psiquiatra. Así que solo un par de personas supieron de la situación y mi tratamiento comenzó.

Cuando por fin pude volver a pararme por mi propia cuenta. recibí una oferta de trabajo en otro país, y fue ahí donde pensé que, si estaba lejos, si me iba por un tiempo, aquello no podía alcanzarme. Volví a empacar mis maletas y meses después estaba llegando a otro país, sin conocer el idioma, sin conocer a nadie, y con una libreta en blanco.

Lo que pasó después fue un poco similar a lo que pasó en León. A los 6 meses de mi partida regresé a casa a pasar las vacaciones. Para ese entonces el insomnio, los ataques de pánico, el llanto, los pensamientos irracionales, habían regresado. Y si a eso le añadimos que el trabajo que tenía en ese momento era lejos de ser lo que esperaba, el resultado fue un incremento increíble en mis niveles de estrés, al punto que rasguños aparecían de la nada sobre mi piel, y mi colitis aparecía con más frecuencia que el repartidor del periódico. Regresé de casa con mi maleta llena de medicamento, para la colitis, gastritis, migraña, dermatitis nerviosa, ansiedad y mil vitaminas más. Volví con el plan de empezar de nuevo, de intentar estar bien porque NECESITABA estar bien. Comencé un diario en el que marcaba todas las actividades básicas que se me dificultaba hacer, era algo así como:

☐Despertar Temprano
☐Tender la cama
☐Desayunar
☐Tomar mis medicamentos
☐Caminar a la oficina
☐Comer
☐Preparar la cena Y CENAR
☐Bañarme
☐Tomar mis medicamentos
☐Leer
☐Dormir

Y sonarán como cosas muy básicas pero la verdad es que a veces ni eso podía hacer. El día en que marcaba todas las casillas era un día especial. Siempre intentaba poner un pequeño comentario sobre que había hecho la diferencia entre un día y otro.

La verdad para mí era conveniente estar lejos, porque cuando vives a miles de kilómetros, lo que las personas ven es lo que tú les permites que vean. La diferencia de horario también se volvió una ventaja. Cuando aparecía un mensaje en mi WhatsApp y no me sentía con ganas de contestar, simplemente culpaba al horario. Y esos momentos esporádicos empezaron a ser una costumbre, que poco a poco fue alejando a las personas de mí. Y no es porque no quisiera hablar, sino que fingir estar bien, aunque sea por unos minutos es muy desgastante, y esa energía siempre iba dedicada a mi familia, a la gente que tenía que ver todos los días, a la parte de mi trabajo en la que tenía que ser social.

Fue así que me distancie de amigos, de conocidos, al punto en que las relaciones cambiaron tanto que casi nos volvimos desconocidos, y aquellos que se quedaron, aquellos en los que la amistad permaneció sincera, los puedo contar con los dedos de una mano. Si estás leyendo esto, y en algún punto te hice sentir ignorado, esta es la explicación, y de verdad que siento mucho no haber contestado esos mensajes o esas llamadas.

Durante mi estancia conocí a Kjell. Y parte de lo que hizo que nuestra historia comenzara, es que desde el día 1, sin que yo tocara el tema, pudo ver aquella sombra llamada ansiedad y el aquel perro que la acompañaba llamado depresión asomarse por mis palabras. En el momento no lo mencionó, pero con el tiempo me enteré que había luchado con algo similar, así que era fácil para él identificar cuando uno vive con esos acompañantes o con unos similares.

Los años pasaron, con altos y bajos, con medicamentos que a veces me ayudaban, con días sin salir de la cama, y otros en los que me quería comer el mundo. Pero también con sucesos que marcaron más mi corazón y no para bien, con heridas que según yo había bloqueado como aquel día en el que dije que no y a alguien no le importó porque me habían puesto algo en la bebida y no pude defenderme. Y la combinación de mi Ansiedad Generalizada, con mi Depresión, más el Síndrome de Ulises causado por estar lejos de casa, no facilitó en nada la situación. Volvieron los días sin salir de casa, sin querer ver a nadie, sin hacer nuevos amigos. Volvieron los pensamientos compulsivos, las noches sin dormir, el deseo de querer desaparecer y solo dormir. Y como dicen, lo que es de cada quien, y yo corrí con la suerte de tener a alguien a mi lado que empezó a identificar las señales y quien poco a poco se fue preparando para sacar a pasear al perro y encender toda la habitación para que la sombra no tuviera espacio en ella. A veces funcionaba, a veces simplemente vivía en automático, y a veces no había nada que pudiera apartarlos de mi lado.

Hace varios meses, y gracias a la pandemia pude volver a casa después de varios años fuera. No sé si fue el hecho de sentirme en mi zona segura, en los abrazos curativos de papá, en el amor de mamá al acariciarme el pelo, a la risa contagiosa de mi hermana, o a las ocurrencias de mi hermano, pero decidí volver a tomar cartas en el asunto. No voy a negar que tuve miedo, no de ser juzgada pero sí de herirlos, porque el dolor de un hijo siempre es el dolor de un padre. Tenía a mi lado a la mejor hermana, que siempre ha estado incondicional a mi lado, sin juzgarme a pesar de saber todo de mí. Y fue así que decidí hablarlo con mi familia. Primero con mi tío quien me dijo que guardar todo eso era muy desgastante, y escucharlo fue como una cubeta de agua fría, por todos esos años que había cargado todo eso yo sola, sin tener necesidad porque tengo a la mejor familia que me pudo tocar.

Hoy estoy siguiendo un tratamiento, estoy intentando recuperar las cosas que me apasionaban y que dejé de hacer porque el perro se sentaba arriba de mi haciéndome sentir chiquita, y la sombra robaba la poca confianza que tenía en mí. Hoy estoy rodeada de amor, de abrazos que nunca se acaban, de besos de buenas noches y abrazos de buenos días. De un amor peludo que me recuerda que al menos para él soy lo mejor de este planeta. No estoy bien, a veces los pensamientos de hacerme daño vuelven, a veces todos los síntomas vuelven, a veces las crisis duran por largos periodos, otras solo asoman un poco la nariz, pero por algo se comienza.

Esta es la manera que encontré para decir que estoy de vuelta, para explicar porque me fui, porque no contesté, porque me alejé. Hoy estoy intentando trabajar en mí, en disfrutar a mi familia, a los pocos amigos que me quedan, y en seguir mi tratamiento. No sé si esta vez lo lograré, pero sé que esta vez no estoy sola, y poco a poco, con espacio y ese amor incondicional, lo puedo lograr.

Por favor, siempre recuerden que lo que vemos no siempre es lo que es. Siempre traten de ser amables con sus palabras, traten de ser empáticos aun cuando no se trate de alguien cercano a ustedes, porque nunca saben si la persona que tienen enfrente está lidiando con sus demonios, y mucho menos saben si algún día serán ustedes los que estarán del otro lado. Y si te sentiste identificado con mis palabras, por favor, busca ayuda. A veces al tratar de ser fuertes, solo nos volvemos más frágiles.

Hasta donde yo vaya. Hasta donde tú estés.

Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
Aun yéndote, mi amor, jamás te irías.
– Rafael Alberti

Lo dije hace unos meses y lo sigo creyendo, mi 2018 no fue fácil y sé que mi 2019 tampoco lo será. Sí, reí mucho, viaje más, encontré lugares maravillosos, vi atardeceres increibles, tomé fotos y escribí un poco. Regresé y me volví a ir para perderme un poco, y poco a poco me fui encontrando de nuevo, comencé a encontrarme de nuevo, a veces en una foto, a veces en un libro, pero siempre en la voz y en los ojos de mi familia.

Lo he escrito varias veces, irse no es fácil. Irse es dejar una parte de tu corazón y de tu pensamiento, es despertar todos los días y mirar detenidamente tu cuarto para recordar que estás lejos de casa, o despertar con las ganas y la ansiedad de pasar por aquella calle, que tal vez no tiene ningun significado especial, más que el recordarte que ese lugar es parte de tu hogar. Irse es saber que las personas de las que te despediste antes de tomar aquel vuelo, no serán las mismas que veas la siguiente vez que cruces esa puerta que conecta la sala de equipaje con esa sala llena de personas esperando a sus seres queridos, porque el tiempo pasa, el cabello crece, o los antojos hacen de las suyas. Irse es ser valiente, es aguantarse las ganas de correr de vuelta, es limpiarse las lagrimas después de escuchar su voz por el telefono, y recordar siempre siempre que alguien te piensa todo el tiempo, que alguien te quiere y alguien te espera.

Cuando eres un niño, nadie te dice esto. Y sueñas con ser adulto y tener tu propia casa, y viajar, y ser independiente. Pero nadie te dice que cuando llega ese momento, tus decisiones tienen un peso que a veces no imaginas. Porque al final tu libertad no solo depende de ti, depende de tu trabajo, depende de tu salud, depende de tu pareja, depende del país donde vivas, de la situaciones que ocuerren a tu alrededor y a veces en el mundo. Y sí, eres independiente, y sí, decides por ti, pero como bien dicen, toda acción tiene un reacción.

Y creo que es fue la leción más grande de mi año. Darme cuenta que ya no sólo depende de mi. Darme cuenta de que esa idea de que yo todo lo puedo, es a veces absurda, porque sí, uno puede hacer cualquier cosa, pero a veces eso impica que se tiene que poner en juego detalles que no se tenían en cuenta.

Yo puse en juego a mi familia. Estaba convencida que iba a ser posible estar con ellos cada que quisiera, que el estar en otro continente no iba a ser impedimento alguno. Y a pesar de que lo intenté, este año no se pudo. Y cuando reaccioné, me di cuenta que es el segundo Año Nuevo que no estoy con ellos. Y no es el hecho de que sea Año Nuevo, es más bien lo que significa… el olor de la leña que anuncia que algo bueno se aproxima, sea carne, elotes o simplemente una fogata que en algun momento estará rodeada por todos, la risa de los niños, el sonido de la musica y de todos cantando, para finalmente dar y recibir  un abrazo a cada uno de ellos, incluyendo a nuestros 20 mil perros, porque no es por el Año Nuevo, es porque estamos juntos, porque eso es lo que somos, porque eso es lo que hacemos, ceelbrar que estamos juntos.

Y sé que no sólo para mi es dificil. Lo noto en sus voces, en sus palabras. Sé que tengo todo el apoyo de mi familia. Sé que mis papás están aprendiendo lo que es dejarme ir, porque sé que me aman infinitamente, porque sé que quieren que sea feliz, y como mi mamá me lo dijo, que pueda encontrar mi camino.

Y yo sé que es algo natural, que conforme uno crece, uno elige otro camino que a la larga lo llevan a una nueva casa, que poco a poco se va formando para en un futuro poder llamarla hogar. Y tengo que decir que mi casa es hermosa, porque encontré a alguien que me ayuda a llenarla de un amor inigualable, alguien que me hace reír y me abraza cada que lloro, que a decir verdad es casi siempre, y que busca hacerme sentir en familia porque sabe lo imporante que eso es para mi. Pero saben, también sé que no quiero que me dejen ir.

Y solo les puedo decir, si el dejar ir es la prueba más grande de amor, encontrar la manera de volver es la mejor respuesta a ello.

 

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Yo también los amo infinitamente. 
A mi también me hacieron falta en Año Nuevo. 
Y me hacen falta todos los días. 
Porque aunque me vaya, jamás me iré de ustedes.

 

 

 

 

 

Las piezas del rompecabezas

Hoy mientras esperaba el metro en la estación recordé aquella metáfora que dice que la vida es como un viaje en tren. Pensé en que esa metáfora me ha seguido en varias etapas de mi vida, y aún puedo recordar la voz de mi maestra leyéndola en mi ceremonia de graduación de secundaria. Recordé que hace un año firmé mi título, y recibí aquel premio. Y entonces se me ocurrió buscar las fotos, y cuando abrí mi Facebook vi el mensaje que una de mis maestras me había dejado, justamente con los recuerdos de hace un año.

Y saben, fue uno de esos momentos en los que la vida te acomoda las cosas en el lugar que deben estar. Y no les voy a mentir, me sentí la persona más afortunada de este planeta porque la vida me puso en frente a las personas esenciales para hacerme lo que hoy soy. Me rodeó de los mejores maestros, y no hablo solamente de aquellos con los que compartí un salón de clases, porque hay una diferencia muy grande entre ser un profesor, y ser un maestro.

Y aunque algunos de ellos me han dicho que soy lo que soy por mí, la verdad es que no es así, porque SUS enseñanzas fueron lo que poco a poco me fue armando. ¿Y saben cómo lo sé? Porque cada vez que abro un pedacito de mí, sus caras quedan al descubierto. Porque son la inspiración que me ha llevado hasta donde hoy estoy, y es su confianza y fe en mí lo que me guía cuando quiero decir ya no más. Porque cada vez que pienso en mi historia, en quién soy, me descubro pensando en ellos.

Y es que es algo mágico ver como después de tantos años, la conexión con una persona que cada vez se ve con menos frecuencia sigue intacta. Es mágico ver como después de 30 años te pueden recibir con los brazos abiertos. Es mágico cada vez que uno dice con orgullo, el/ella es mi maestro/a.

Es mágico como uno puede tener tantas clases, tantos profesores, tantas escuelas, pero solo algunos logran realmente entrar en tu ser y convertirse en parte de lo que más quieres, de lo que más extrañas.

Tal vez no tengo la fortuna de decírselos con frecuencia, pero gracias. Gracias por su tiempo, por sus enseñanzas, por preocuparse, por seguir en contacto, por estar aquí en cada etapa. Gracias por llenar los vagones de mi tren. Gracias por ayudarme a ser lo que soy.

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¿Y si nos quitamos la ropa?

Alguna vez escuché que las palabras se las lleva el viento cuando son sólo dichas, pero cuando estás son plasmadas se vuelve algo real porque pueden perdurar por siempre. Y creo que, de alguna u otra manera, eso es en parte lo que me ha llevado a escribir durante estos años. En algún momento, en aquella carta, dije que si escribía era como despedida para todos esos sentimientos, pensamientos y emociones que quería dejar ir, pero hoy sé que no es así. Más bien, si escribo es porque quiero hacer real todo lo que sucede en mi mente, porque quiero compartir un poco de lo que soy en el momento, con la persona que en un futuro seré. Y cuando lo dejo de hacer, es porque estoy intentando acomodar las piezas o palabras que en conjunto forman lo que soy, o porque en ese momento, no tengo el valor para admitir algo y darle el poder para que esto se vuelva real, y saben, a eso se le llama miedo.

Hace algunos años, en algún otro blog, les había compartido algo sobre el miedo, sobre esa sensación que te deja inmóvil y sin posibilidades de defenderte. Y es entonces cuando tienes dos opciones, o quedarte quieto y enfrentarlo, o echarte a correr para escapar. En aquel post, decía que la felicidad es la ausencia del miedo, y queridos lectores, hoy es cierto. Aunque también es verdad que el miedo es una parte fundamental que nos ayuda a entender la felicidad. A veces este nos protege de peligros que están allá afuera, que están en nuestra mente, de repetir experiencias que en algún punto nos lastimaron. Y a veces, el miedo va acompañado de la incapacidad del ser humano por nombrar las cosas por su nombre, pues el cerebro humano está diseñado para darle a cada cosa, cada sentimiento, cada experiencia, un nombre, y cuando esto no sucede, simplemente colapsa, y eso se refleja en miedo, en incertidumbre, o en la incapacidad de lidiar con algo como se debe.

Y tal vez se estarán preguntando porqué de repente a ella le dio por hablar de esto. Bueno, la verdad es que cada aventura, cada viaje, comienza con un poco de incertidumbre. En mi caso, aparte de la incertidumbre, iba acompañada del miedo. Miedo de no saber que me esperaba en el otro lado, miedo de dejar mi zona de confort, de dejar a mi familia, a mis amigos, de tener que empezar de nuevo, miedo a que las cosas no fueran a funcionar. Pero respire hondo y me aventé a la alberca de agua fría, y casi todos mis miedos desaparecieron. Casi… porque me di cuenta de que podía lidiar con ello, porque entendí que aun estando lejos, podía estar ahí. Casi… porque no todos desaparecieron en un instante.

Hace algunos meses hablaba con un amigo, y de repente me preguntó “¿Cuál es tu mayor miedo?” Sin pensarlo mucho le dije: “Enfrentarme al día en que mis papás no estén” y cuando pregunté cuál era el suyo, me dijo “Que algún día pueda yo no estar, y que mis papás sigan aquí”.  Y recuerdo que en ese momento me quede petrificada, porque inconscientemente nuestros miedos son una herramienta de defensa que tiene nuestro cerebro para evitar que algo nos dañé o nos haga sufrir, y no está mal porque estamos diseñados para sobrevivir, pero también para ser egoístas. Y es ahí donde noté la diferencia. Mi miedo era pensando en mi sufrimiento si ese momento llegara a suceder, y el de él, el de él era pensando el sufrimiento de ellos… y créanme que eso me cambió el chip inmediatamente.

No les puedo decir que ahora soy una experta en el tema. No después de que por casi 3 años me encerré en mí misma, puse mil barreras y hasta cambié mi forma de ser, porque no quería hacerle frente a uno de ellos. No cuando una de las razones de este viaje fue basada en el miedo.

Pero sí les puedo recordad que el miedo, es como quitarse la ropa delante de alguien. A veces cuesta pero cuando empiezas, lo único que tienes que hacer es seguir adelante sin dudar, y de repente te das cuenta que el miedo ya no te pertenece, y va desapareciendo como esa ropa que un día dejaste de usar.

Si la felicidad es la ausencia del miedo, queridos lectores, hoy yo ya no tengo miedo.

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¿Y qué pasó con ella?

Pues resulta que ella se fue a una isla desierta. Broma… pero la metáfora podría funcionar.  La verdad es que la idea inicial era compartirles con frecuencia lo que iba pasando en este viaje, pero después del estado de “Luna de miel” de la famosa Curva de la W (que para quien no la conocen, es el proceso de adaptación que tiene una persona al enfrentarse a un intercambio en el extranjero, y que se divide en 5 etapas: Luna de miel, Shock cultural, Adaptación inicial, Insolación mental, y la Adaptación final/integración), vino todo lo demás, desde darme cuenta que estaba a DOS días de viaje mi casa (si bien me iba), hasta darme cuenta que efectivamente después de unos meses sin sol, hay algo extraño que se apodera de ti y te vuelves una persona que a veces no reconoces en el espejo, y si a eso le sumas el frío, creo que puedes hacerte pasar por un pariente del famoso hombre de las nieves mezclado con la llorona.

Y es extraño como muchas veces hablamos tanto de la teoría que creemos que por saberla de pi a pa vamos a poder vencer al problema como si nada, para después darnos cuenta que no es así, que se necesita realmente vivirlo día a día para poder entenderlo, lidiar con ello y vencerlo. Y sí, tal vez estoy en un país en el que las diferencias culturales no son tan marcadas, como en algún país de Asia Occidental o algo así, pero después de un tiempo, si se extraña la calidez que identifica a los latinos. Y es extraño porque uno se puede llegar a acostumbrar al frío, a la lluvia, a la comida, pero siempre está esa cosita que le hace falta a quien nos rodea. Y va desde el saludo (que uno está acostumbrado al beso, abrazo y apapacho, y aquí bueno, te conformas con 2 besos y 3 si es tu cumpleaños), hasta en la forma de trabajar.

Pero bueno, el punto de todo esto es que pues sí, a ella le dio el shock cultural, y las ganas de volver se apoderaron de su corazón. Y no les puedo mentir, fue complicado. El estar lejos de casa, lejos de los amigos, de la familia, de la comida, pues casi la tumban. Y fue tanto el extrañar casa que consiguió volver a su país para navidad, y ¿qué creen? Que estando allá, le dio el shock cultural inverso.

Y suena absurdo, pero la verdad es que uno al volver empieza a ver cosas que antes no veía, o más bien, que eran tan comunes de ver, que ya pasaban desapercibidas. Y no, no hablo como el típico malinchista que se va de fin de semana a EUA y regresa creyendo que México es un país tercermundista y que el tofu es la mejor comida del mundo. Si no, hablo de la belleza que tenemos, que sí, es verdad que nos hace falta mucho como sociedad, con nuestro gobierno, o los derechos básicos que debería tener la población, pero nos llevamos el premio de la felicidad. Porque imagínense, vivo en una de las mejores ciudades para vivir, en uno de los mejores países en términos de leyes laborales y prestaciones para los empleados, con un índice de inseguridad muy baja y un muy buen nivel de educación, pero que es uno de los primeros 5 en tasas de suicidio.

Y es que muchas veces tenemos todo frente a nosotros, pero en lugar de apreciarlo, simplemente optamos por la chequera de las quejas, y si el cielo se encuentra azul, comenzamos a pintar una que otra nube gris, porque es más fácil complicarlo todo.

Me tomó una llamada diaria a mis papás, unas centenas con mis amigos y mis familiares, dos viajes de 36 horas cada uno, 6 meses, una crisis de estrés, mil pastillas, y varias despedidas, pero al final lo entendí: El ser feliz no radica en estar contento todos los días, porque la felicidad es lo que tenemos en nuestra maleta. Es intentar ver lo mejor del cielo incluso si está nublado. Es aceptar y entender que cada persona es un mundo, que sí, hay shocks culturales y que tal vez lo diferente nos puede asustar, pero que no por eso es malo, porque conocer a personas diferentes a nosotros, nos complementa y nos hace crecer como seres humanos. La felicidad es entender que nadie es menos que nosotros solo por pensar diferente o estar en situaciones diferentes. Es llorar, es extrañar, es quedarse en cama de vez en cuando porque uno necesita a veces parar para poder continuar. Es saber que siempre va a haber alguien ahí para escucharnos, y que de una u otra manera las cosas van a mejorar, aunque a veces no lo notemos. La felicidad es estar orgulloso de quien eres, de dónde vienes, y nunca olvidar que viajar, conocer, es volver.

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Día 200

Día 200. Hace tiempo vi una imagen que decía “¿Qué diría la página 200 de tu libro? ¿y la 300?”… y resulta que justo hoy es mi día 200, mi página 200.
Hace 200 días empecé esta aventura justo en este lugar. Y da la casualidad de que hoy también es el día 365 del año… así que aquí está lo que mi página diría.
Desde que estaba pequeña, o más bien toda mi vida, había terminado e iniciado el año en el mismo lugar y con las mismas personas, las más importantes en mi vida. Pero después de 24 años, la historia tenía que cambiar.
Este año en lugar de esperar la cuenta regresiva con una fogata en el patio, tronando cuetes de luces o aprendiendo a disparar un rifle, me tocará estar esperando en la sala de un aeropuerto. Este año en lugar de abrazar a mi familia, a la abuela, y a mis tíos, simplemente estaré rodeada de desconocidos. Este año en lugar de la foto familiar, probablemente tome la foto de la ciudad desde la ventana del avión, porque claro, todo año debe iniciar con una foto. Pero bueno, como dicen “si quieres cosas diferentes debes hacer cosas diferentes “. Y no voy a mentir, claro que duele estar lejos, pero también gracias a eso las lecciones de este año han sido mayores.
Cuando decidí regresar a México, a casa para navidad, varias personas me dijeron que era una mala idea considerando que estaba en Europa, y que lo más sensato sería usar ese dinero para el famoso Eurotrip. Y siendo honesta, en algún momento lo consideré, no por las ganas de explorar el continente en el que ahora vivo, sino porque la temporada alta lo hacía casi imposible. Pero ese casi fue el que marcó la diferencia, y puedo decir que sin duda alguna, este viaje fue la mejor inversión que he hecho, pues me dio las lecciones finales del año.
Aprendí que los mejores regalos van más allá de cosas materiales. Los mejores regalos son poder abrazar de nuevo a esas personas, llorar al sentir esa caricia al quedarte dormida, sentir ese beso, abrir los ojos y ver que están ahí. Escuchar ladrar a ese perro que me ve como si yo fuera lo mejor del universo entero. Volver a jugar videojuegos con ellos, con ella. Sentirme orgullosa de los padres que tengo y reafirmar una vez más que no solo para mi son excepcionales, sino que el mundo lo nota. Los mejores regalos son pequeños detalles como que te preparen el antojo que tenías, o abrir Spotify y encontrar puesta la canción que tu mamá te dedicó.
Aprendí a valorar más cada abrazo dado y recibido. Pues este año pude abrazar de nuevo a muchas personas, a nuevas personas y a otras cuyo abrazo se sintió como el primero… Y pude extrañar más aquellos que no se dieron y que ahora está guardados.
Aprendí que no importa cuánto tiempo pase y cuántos kilómetros estén de por medio, las amistades verdaderas siempre estarán ahí… a veces con un zumba en mano, o la invitación a su boda.
Aprendí a vivir más en el mundo real, a disfrutar de los momentos sin tener que decírselo a Facebook todo el tiempo, o estar atada a la cámara… Aunque hay momentos que realmente una fotografía (o varias) se vuelven el tesoro más preciado.
Aprendí que las personas que te quieren pueden entender cuando necesitas espacio y perderte un poco, pero que siempre es importante seguir cultivando esas relaciones. (Amigos, perdón por los mensajes no contestados).
Aprendí que aún hay personas de corazón puro en este mundo, que siempre ven lo bueno incluso en el pantano más obscuro, pero que también es necesario ser un badass, porque la vida es muy corta como para complacer a todos.
Aprendí a confiar de nuevo. A que la vida da oportunidades cuando menos lo piensas. A que un café un viernes por la tarde, se puede convertir en el viaje en el que encuentras a un alguien que acepta tus demonios, besa tus heridas y poco a poco, con mucha paciencia, te vuelve a armar el corazón pegando los pedacitos que alguien más, y tú misma rompió y rompiste, para enseñarte a querer un día a la vez.
Aprendí que nada vale la pena si en el juego estás tú cómo apuesta, porque como mi amiga me lo dijo, solo hay uno de ti, pero muchos trabajos, muchos lugares, muchas oportunidades…y la vida apenas comienza.
Aprendí que hay personas que marcan tu vida, y a los que en su momento llamaste maestros. Que te vieron crecer, y aportaron su pieza en el rompecabezas que ahora eres. Que después de un par de años, o 30, te van a recibir con los brazos abiertos, y sentirán el mismo cariño que tú sientes hacia ellos, porque forman parte de tu historia y de ti.
Aprendí que el éxito no se mide por cuánto dinero, casas, títulos tienes, o si trabajas en una comunidad rural o en una de las grandes ciudades de Europa. El éxito se mide con la vara que uno ponga… Para mí, el éxito se mide con ser feliz y estar presente en la vida de las personas que quiero… SIEMPRE. Pues los lugares, trabajos o monedas siempre estarán pero solo hay una mamá, un papá, una familia y uno de cada uno de tus amigos.
Aprendí que los mejores regalos son las oportunidades y las enseñanzas…y eso es lo que llevo en mi maleta para iniciar de nuevo el año.

 

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18+6

Hace días leí que los 24 no son 24 como tal, pues son 18 años formales con 6 de experiencia… y creo que de cierta manera es acertado decir eso.
Cuando me puse a pensar en qué había cambiado este año, me di cuenta que el tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos… que los 23 que les describí hace justo 365 días, siguen siendo los mismos, y parte de mí.
Ahora sé que era cierto que los 23 es cuando todo se convierte en un “para siempre” … las decisiones, las experiencias, los amigos… Este es el tercer año lejos de ustedes, de mi familia, de mis amigos… y si antes era complicado, ahora lo es más, porque no es lo mismo 600 km y un mismo horario, que 9000 km y 7 horas de diferencia. Pero es por eso que se vuelve para siempre, porque a pesar de la distancia, de los horarios, del tiempo, de la falta de comunicación, siempre hay un punto de retorno… una llamada, un mensaje, una foto, que hacen que todo se transforme a ese preciso momento en que nos dijimos hasta luego. Y todo vuelve a tener color, y el corazón vuelve a vibrar.
Es para siempre, porque a los 24 (gracias a los 6 años de experiencia, o un poco más) uno aprende a distinguir con más facilidad lo que vale la pena de lo que no: experiencias, relaciones, personas, prioridades… y comienza a ver más hacía el futuro. Las relaciones se vuelven reales, porque no hay tiempo para estar jugando, y uno busca la proximidad con personas que realmente te dejan un valor agregado.
Si uno está fuera, comienzas a extrañar tu casa, tu familia, cuándo eras pequeño… Yo lo extraño todos los días, todo el tiempo. Extraño los abrazos de mi papá y de mi mamá, extraño jugar con mi hermana, con mis primos… y comienzas a entender esa frase que te decían “Cuando estés grande vas a querer ser pequeño de nuevo”.
Dar un salto del 3 al 4 tal vez no signifique mucho, al menos en términos de números, pero sin duda alguna que, si uno lo vive bien, puede cambiar tu mundo, el curso del libro.
Sólo me queda decir una vez más, gracias.
Gracias por este año, por las experiencias, por las nuevas amistades, por todo el amor. Por cuidarme, por estar aquí aun cuando están lejos, simplemente por formar parte de mi vida.

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